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Pasan la mayor parte de su tiempo dentro de un laboratorio, sumergidos en un mundo emocionante de nuevos descubrimientos.

El pensar que tienen en sus manos la posibilidad de contribuir al desarrollo de una cura o alivio para alguna enfermedad del ser humano, los mantiene entusiasmados y concentrados casi siete días a la semana en los trabajos de investigación científica del que ahora forman parte en Harvard, una de las universidades de EEUU de mayor prestigio mundial.

Mohammed Mostajo Radji y Omar Gandarilla Cuéllar, dos jóvenes profesionales nacidos en Santa Cruz, viven con pasión esa desafiante experiencia desde Boston, cada uno en su área.

Mostajo es graduado en Biotecnología y Bioinformática y concluirá un doctorado en Biología Molecular y Celular que inició hace cuatro años en Harvard, donde también imparte clases y viaja dando disertaciones.

Actualmente trabaja en la reprogramación de neuronas y circuitos del sistema nervioso.

Por su parte, Gandarilla quien cumplió su sueño de ser médico, realiza desde hace un año investigaciones en un laboratorio de la escuela de medicina de Harvard. Su labor junto a sus mentores está enfocada en el área de gastroenterología en adultos y niños.

Ambos tienen 26 años y grandes deseos de volver y aportar al desarrollo científico en Bolivia con todo el conocimiento y la experiencia que están adquiriendo.

En medio de su apretada agenda llena de experimentos de laboratorio, clases y reuniones se dan un tiempo para contar (vía teléfono e internet) parte de las vivencias y logros que están conquistando.

Mohammed Mostajo y su pasión por la ciencia
Es el mayor de tres hermanos. Nació en la capital cruceña, pero se crió en Santa Ana de Yacuma (Beni). Luego retornó a Santa Cruz para concluir sus estudios secundarios en el colegio La Salle.
Según cuenta, proviene de una familia dedicada a la ganadería. Su padre (Marco) es boliviano y su madre (Khatereh), iraní.

Ya son siete años que vive fuera del país y asegura que lo que más extraña es su familia, la comida y sus amigos. Sus hermanos Nasser y Sasha, siguen a distancia cada uno de los logros que él va alcanzando.
Mohammed recuerda que desde niño sentía curiosidad por todo lo que pasa en el cerebro. Y con el paso de los años fue creciendo su anhelo de convertirse en neurocirujano, aunque también confiesa que le atraía la idea de ser piloto, igual que su hermano.

“Las materias de química y biología eran mis preferidas en el colegio. Quería estudiar algo relacionado con medicina, pero sin tener que atender pacientes. Me interesaba no solo salvar una vida sino ayudar a más gente a través de la investigación científica. La ciencia ayuda a descubrir nuevos caminos”, asevera.

Con el tiempo fue creciendo su afición por la investigación científica y aún más después de participar en un programa educativo de tres semanas en West Virginia (Estados unidos) , el mismo que fue organizado por la Fundación Nacional de Ciencias para Jóvenes y auspiciado por el Departamento de Estado de EEUU, a traves de la embajada americana en Bolivia.

Logró estar allí en representación del país tras destacarse con un estudio que realizó, apoyado por su colegio, acerca del tsunami de 2004 en el océano Índico y sus efectos en el cambio climático.
Gracias a los contactos que obtuvo en ese evento, pudo acceder luego a una beca en el Instituto de Tecnología de Rochester, donde se propuso estudiar dos carreras (Biotecnología y Bioinformática) y un diplomado (en Ciencia, Tecnología y Política). Lo consiguió en cuatro años.

En Rochester, Mohammed Mostajo desarrolló tres proyectos y logró conocer a destacados profesionales que luego le abrieron las puertas a otras valiosas oportunidades de capacitación.

Avanzó en el análisis de un factor genético que predispone a las personas mayores a la pérdida de audición, en el tratamiento a personas que carecen de sensibilidad para la anestesia y en un proyecto que desarrolló dentro de un equipo dirigido por el premio nobel de Química, Roger Tsien, sintetizando nuevas moléculas fluorescentes para el diagnóstico del cáncer.

“Él (Tsien) fue mi mentor y ahora es un buen amigo. Yo lo conocí en un congreso mundial de farmacología y tuve oportunidad de comentarle mis ideas. Me invitó a formar parte de su equipo”, explica.

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Concentrado en el estudio del cerebro. Mohammed trabaja en investigaciones sobre la reprogramación de neuronas y circuitos del sistema nervioso. Le gustaría capacitar a la nueva generación de científicos en Bolivia

Concentrado en el estudio del cerebro. Mohammed trabaja en investigaciones sobre la reprogramación de neuronas y circuitos del sistema nervioso. Le gustaría capacitar a la nueva generación de científicos en Bolivia

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El reto de llegar a Harvard
Una vez graduado, Mostajo logró aplicar a nueve destacadas universidades de Estados Unidos a las que se había postulado para cursar un posgrado. Entre ellas Stanford, Yale, Princeton, Duke, Columbia y otras, pero se decidió por Harvard, según él porque coincide más con la visión y personalidad que busca alcanzar en la ciencia.

El proceso de aplicación para un programa de doctorado en EEUU es más complicado para un extranjero, afirma Mostajo.

“Para Harvard específicamente hay cientos de postulaciones y existe un reducido espacio abierto para extranjeros. Cada año, esa universidad entrevista a unas 60 personas y admite a unos 20 científicos. Solo entre 5 y 8 son extranjeros. Se evalúa el desempeño profesional y las investigaciones realizadas”, dice.

Observa, además, que mientras otros científicos reciben apoyo de los gobiernos de sus países, en su caso dice no haber recibido incentivos del Gobierno boliviano.

Una rutina ajetreada
En Boston, Mohammed vive en un departamento distante a una cuadra de su lugar de trabajo. Al ser parte de un programa de doctorado en ciencias, Harvard no solo le paga sus estudios sino también le otorga un sueldo.

Cada día su agenda está llena de actividades. Y es que además de sus investigaciones y experimentos Mohammed se debe dar tiempo para impartir clases, asistir a reuniones y dar disertaciones en otros lugares.

También trabaja la mayoría de los fines de semana.
Su rutina diaria empieza generalmente a eso de las 9:30 y termina entre las 6 o 10 de la noche.

Pero no todo es estudio y trabajo. En su tiempo libre Mohammed disfruta de viajar y de salir con amigos. “Intento salir de Boston a otras ciudades cercanas por lo menos una vez al mes”, indica.

A Bolivia viene una o dos veces al año para un reencuentro con la familia y con las amistades.

Este 2015 planea retornar en mayo para impartir un curso al que se lo invitó en Santa Cruz. Y, en julio quiere darse otra vuelta breve por el país tras concluir un congreso en el que debe participar en Rio de Janeiro.

Las lecciones aprendidas
“En todo este tiempo he aprendido a adaptarme a las situaciones imprevistas y a buscar soluciones en el camino. Tanto en el ámbito personal como laboral hay que acomodarse rápido a los cambios. Ahora soy capaz de ver las cosas de un modo más analítico, con ojos más objetivos y críticos”, enfatiza Mohammed.

Para atender bien sus múltiples responsabilidades de estudio y de trabajo, asegura haberse visto obligado a organizar una minuciosa agenda diaria de cada actividad.

Y, ¿cómo se ve este joven profesional boliviano de aquí a 5 o 10 años?.
Mostajo responde: “Como científico, me gustaría ser reconocido como la primer persona que cambió la estructura del cerebro y como boliviano me gustaría ser la persona que empuje a alguien más a venir a Harvard o a facilitar la educación científica en Bolivia”.

El sueño realizado de Omar Gandarilla
Este joven profesional cruceño siempre soñó con ser médico y hoy se siente satisfecho de haber hecho realidad ese anhelo.

Ve a la medicina como un área desafiante por su gran aporte social en favor del bienestar y la salud de la gente. Desde colegio, le atrajo la materia de biología.

Siempre imaginativo y emprendedor, Omar Gandarilla decidió fundar la Sociedad Científica de Estudiantes de Medicina mientras cursaba sus estudios en la Universidad Católica Boliviana.

Como parte de sus actividades, cuenta que presentaron trabajos para afiliar dicha organización a la Federación Latinoamericana de Sociedades Científicas de Estudiantes de Medicina. Una vez egresó, se convirtió en asesor médico de esa entidad.

“Jugamos un rol importante para dejar una huella en la universidad que pueda generar "semilleros" en ciencias. Ahora los chicos están haciendo un buen trabajo. Estoy satisfecho con el impacto generado aunque sé que falta mucho para seguir creciendo”, expresa con emoción.,

Quiere terminar de formarse como médico-científico  “No quiero limitarme a decir a mis pacientes: “Eso no tiene cura”, sino más bien quiero responderles diciendo: “Eso lo estamos resolviendo en el laboratorio, para pronto darle la cura”, enfatiza Omar Gan

Quiere terminar de formarse como médico-científico
“No quiero limitarme a decir a mis pacientes: “Eso no tiene cura”, sino más bien quiero responderles diciendo: “Eso lo estamos resolviendo en el laboratorio, para pronto darle la cura”, enfatiza Omar Gandarilla

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Una gran oportunidad
No dejar pasar las oportunidades cuando se presentan y ser perseverantes para sacarles el mayor provecho posible es una de las claves de éxito en todo. Y así lo entendió Omar Gandarilla, pues la chance para ir a Harvard se le apareció el rato menos pensado.

Cuenta que cuando estaba en Buenos Aires durante su rotación en medicina interna leyó de casualidad una revista que habían dejado en una sala. Allí se incluía un artículo que hablaba de las aplicaciones al programa en investigación para médicos jóvenes de la escuela de medicina de Harvard. Era una propuesta tentadora.

“Cuando retorné a Santa Cruz, sentí que debía preparar una excelente aplicación para ser aceptado. Imprimí el papel con los requisitos y lo puse en la esquina de mi espejo. Lo veía a diario planeando la mejor estrategia para llenar las expectativas y requerimientos de Harvard”, comenta.

Su esfuerzo tuvo resultados y la buena noticia llegó un día cualquiera. “Estaba sentado agotado ya por varias horas de estudio y afuera hacía un día increíble. En eso me llegó un email con la aceptación de mi postulación. Fue una señal directa de que el esfuerzo también trae su recompensa. Me alegré bastante. Era el plan por el cual había estado trabajando”, cuenta.

Actualmente Omar trabaja en un laboratorio de la escuela de medicina de Harvard. Su labor junto a sus mentores está enfocada principalmente en gastroenterología en adultos y en niños.

“Tenemos proyectos en los cuales buscamos entender los mecanismos moleculares de ciertas patologías usando cultivo celular o modelos animales. Yo me encargo del diseño, los experimentos y el análisis de algunos de ellos. Siempre tratamos de que lo que investigamos pueda ser translacional, es decir que tenga su aplicación en el campo clínico con pacientes. Entendiendo mejor los mecanismos biológicos podemos buscar curas aplicables a enfermedades”, indica.

Confiesa que le apasiona la inmunología, la expresión genética y cómo influyen ambos en el desarrollo de enfermedades.

Satisfecho con los logros
La experiencia vivida en todo este tiempo le deja a Omar Gandarilla gratas satisfacciones.

“Me satisface saber que estoy en un lugar que me da oportunidades para crecer, que me da la libertad de plasmar mis ideas y de hacerlas realidad. Al mismo tiempo, me exige al máximo. La afiliación a esta universidad requiere dedicación y compromiso. He crecido como científico como nunca pensé y estoy agradecido. Tengo excelente acceso a toda la literatura científica, buenos mentores y mucha gente inspiradora a mi alrededor que ha trabajado toda su vida por lograr un impacto en el mundo”, afirma.

No todo fue fácil y en el camino también ha enfrentado tareas complicadas. Para adaptarse al nivel de trabajo y a las exigencias tuvo que pasar varias horas en el laboratorio y en la biblioteca. Sin embargo, eso no le molesta y más bien lo considera entretenido.

Siente que va por el camino correcto y sigue firme hacia su meta.
“Yo recibí mi entrenamiento como médico para atender pacientes. El venir acá a Harvard completó una parte fundamental de mi formación que siempre quise tener que es la parte científica. Quiero hacer carrera en ambos, formarme como médico-científico, entender las necesidades de mis pacientes pero no limitarme con decirles: “Eso no tiene cura”, sino más bien responderles diciendo: “Eso lo estamos resolviendo en el laboratorio, para pronto darle la cura. Sé que es desafiante, pero es lo que quiero hacer de mi vida”, enfatiza.

Su vida en Boston
Omar Gandarilla vive en Boston desde hace un año junto a un grupo de jóvenes profesionales estadounidenses. Describe a esa ciudad como “muy ordenada, limpia y con mucha historia pero con un clima duro en invierno”

Debido al intenso trabajo, no ha podido venir de visita a Bolivia muy seguido. Admite que lo que más extraña es la comida, pero no se queda con las ganas. Cocinar es uno de sus hobbies, de modo que cuando extraña algún plato boliviano no duda en prepararlo.

“El otro día cociné picante de pollo y se vinieron los vecinos. Por suerte preparé bastante y alcanzó para las 16 personas que se acercaron a probarlo. La comida boliviana es sabrosa y como se hace en olla grande alcanza”, relata sonriente.

Un día rutinario para Omar varía mucho dependiendo de los experimentos que tenga que realizar. Generalmente su jornada empieza a las 7 de la mañana y termina entre las 5 y 6 de la tarde. Hay días que esto se alarga más. A Omar le apasiona la música y combate el estrés saliendo (por lo menos una vez a la semana) a recorrer la ciudad, asistiendo a museos, visitando amigos o viendo fútbol.

Para la reflexión final
A futuro, Omar se ve siempre ligado a la investigación. “Tal vez en 10 años ya pueda tener mi propio laboratorio”, exclama.

En opinión de este profesional cruceño, Bolivia necesita más gente que genere conocimiento científico. “Hay que ver qué es lo que Bolivia le puede aportar al mundo. El camino científico es sacrificado pero apasionante, te atrapa y lo mejor es si pones tu trabajo en pos de disminuir el sufrimiento de las personas, esa es la mayor recompensa”, asegura.

Ni Mohammed ni Omar se consideran seres excepcionales. Tampoco creen encajar en el prototipo de los llamados ‘cerebritos’.

Lo único que los motiva es servir de inspiración para que más bolivianos sigan el camino de la ciencia y lleguen lejos