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“La violencia neuronal no parte de una negatividad extraña al sistema... Tanto la depresión como el TDAH indican un exceso de positividad. Significa el colapso del yo que se funde por un sobrecalentamiento que tiene su origen en la sobreabundancia de lo idéntico”, La Sociedad del cansancio, Byung-Chul Han 

Se relaciona ‘felicidad’ con el logro de objetivos exitosos que lleven a una vida de abundancia y placer, sin sobresaltos. En esta búsqueda se escuchan las palabras logro, éxito, placer, ganar, en suma, conseguir objetivos positivos. El sentido de la vida en este movimiento positivista es profundamente hedonista y narcisista.

Es indudable que la búsqueda de bienestar es aspiración valedera, pero al hablar de felicidad es necesario considerar que la realidad de la vida no es un idilio perenne no está estructurada con solo sumas. La vida tiene restas y divisiones, fracasos, dolor y pérdida. Tarde o temprano algo que no esperabas te golpea, sea una enfermedad, o la pérdida laboral, o la partida de un ser querido, cuando no lo único seguro, la vejez, y por supuesto la muerte. En fin, el dolor te convoca a que vivas algo para lo que no te has preparado, porque solo considerabas que la vida que vale la pena vivir es lo placentero.  

El pan de vida es una masa hecha de éxitos y fracasos, placer y dolor, ganancias y pérdidas, en definitiva, vida y muerte y debemos aprender a vivir ambas cosas para ser felices, no podemos dejar la mitad de la vida por fuera.

La felicidad basada solo en lo positivo no es más que una evasión perpetua hacia la ilusión de una realidad escurridiza, que nos lleva a estar mirando furtivamente por encima del hombro, es una relación temerosa con las circunstancias de la vida.

Cuando te das cuenta que hay muchas cosas que no dependen de ti, te relacionas con la vida sabiendo cuándo esforzarte y cuándo aceptar, aprendiendo de todas las experiencias, fundamentalmente de las dolorosas. Prepararte para vivir con serenidad los embates que puedan venir, es condición necesaria para la felicidad. Es incrementar tu fuerza interior. Desde el punto de vista espiritual, la felicidad es serenidad a toda prueba, bien anímico se llama, el único bien que no te pueden quitar.

En El Pobre de Asís, Nikos Kazantsakis cuenta una anécdota: “Llegando al monasterio en una noche de frío y lluvia, Francisco de Asís le pregunta: dime hermano León, ¿para ti qué es la felicidad? Como el hermano León no contestó, Francisco continuó, si el hermano portero nos desconociera y no nos abriera la puerta dejándonos a la intemperie con lluvia y frío, esa es la felicidad”.  El bien anímico es fruto de un trabajo constante y sistemático que se realiza en uno mismo, aprendiendo a no transformar dificultades en problemas, a aceptar lo que no puedes cambiar y a saber que las cosas pueden ser difíciles afuera, pero que desde tu piel hacia adentro solo tú decides qué serán, qué significarán.

Tomar distancia es la acción por excelencia para ubicar en perspectiva lo que nos pasa. Distancia física, distancia anímica y distancia temporal. Para lograrlo hay un ejercicio que ayuda mucho y es muy simple. Se llama ejercicios de detención. Se lo puede practicar dos veces al día y consiste en detener, durante un minuto, lo que se esté haciendo. Detener el afán, la ansiedad, las proyecciones, la ambición y los enojos.
Dejar lo que se está haciendo y, por un instante, ser solo un ser humano simple, sin rol, sin cargas, sin obligaciones, viendo la corriente de la vida pasar. Es bueno ejercitarlo cuando uno ve que está demasiado ansioso o acelerado. Es un “no hacer” que nos lleva de inmediato a reconectar con lo fundamental, a no perder el horizonte, a no dejarnos llevar por las circunstancias, a dominar y controlar la propia vida, y sobre todo a visualizar con suficiente tiempo el despeñadero a donde la vorágine de la positividad nos puede llevar.