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A qué dudarlo, el encanto de nuestra amada La Paz está en su capacidad infinita de dar sorpresas, como la propia vida, tanto que nos asombra cómo sus habitantes –aquí nacidos o aquí avecinados– no dejan de producir goces y placeres, en medio de los estropicios de bocinazos, marchas y plantones.

El programa municipal que la promueve como una ciudad maravillosa y preferido destino turístico organizó una nueva actividad para festejar la noche dedicada a San Juan, sin fogatas, pero reuniendo a la familia, los amigos, los parroquianos.

Aunque personalmente creo que debería ser posible también quemar leños para calentar la noche que anuncia al invierno, de forma colectiva y por barrios, tal como hacen en España, la idea de tomar una ‘sopita caliente’ en vez de lanzar cohetes es válida.

El año pasado, los comensales se reunieron en diferentes plazas de La Paz y dieron fin con las provisiones de los cocineros. Este 23 de junio la asistencia fue aún mayor, tanto que en algunos momentos no se podía caminar por las veredas. Todo indica que una nueva tradición está implantada en la ciudad y sacará a la gente a la calle, tal como sucede en la Noche de Museos.

Uno de los centros con ‘sopita caliente’ era El Montículo. Salieron abuelos, papás, guaguas, amigos, enamorados, íntimos. Era un compartir total, no se sentía frío ni soledad.

Había también ofertas de juegos para los niños, cuentacuentos, saltimbanquis, y kallawayas para leer la suerte en estaño derretido, en huevos criollos, en coca o en tarot. Tejedoras y orfebres con sus mercancías. Divertido.

Es difícil definir cuál fue la mejor oferta gastronómica sin caer en alguna injusticia. El esfuerzo de cada chef era único, desde los restaurantes más sofisticados hasta los nuevos locales: chairo tradicional o estilo fusión; picana con cinco carnes; sopa de cebolla, sopa de cordero, sopa de quinua, sopa de trigo. Unos servían mates con cítricos quemados, otros ofrecían sultana con canela, diversos tés gourmets, café con tantos gustos que era imposible probar todos.

Era una muestra de un nuevo filón que desde hace un lustro crece con mucha fuerza en La Paz: los emprendimientos gastronómicos, las ofertas de finos platos con ingredientes que nuestros abuelos ni imaginaban y, al mismo tiempo, transformando los productos de la tierra más antiguos en delicados bocadillos o tapas (otra novedad criolla).

Muchos de esos ofertantes son jóvenes, algunos trabajan en carromatos –otra moda exitosa– que siempre logran llenos completos en las reuniones vespertinas que también auspicia la Alcaldía en diferentes parques.

Sin embargo, no hay una política del Gobierno central para proteger a este enjambre de pequeños empresarios. Muchos están asediados por los impuestos, por el doble aguinaldo, por las leyes para quitarles sus negocios. Por ejemplo, los productores de café tienen poco apoyo para combatir plagas. El creciente empuje de los campesinos amazónicos que están dando un nuevo rostro a La Paz enfrenta más trabas que facilidades.

¡Cuánto más crecería La Paz sin el cerco permanente del poder centralista, sin el desgaste cotidiano de marchas y bloqueos, sin la hostilidad de los enemigos políticos!