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Cualquier tipo de victoria electoral a la que aspire el MAS en octubre de 2019 -excepto una- estará viciada y traerá pésimas consecuencias para el país, comenzando con la base social que lo ha catapultado a controlar el poder. La excepción sería que logre ganar sin acudir a la violencia, a la imposición y a la ilegalidad, hoy sintetizadas en la reiteración de la candidatura de su jefe y hoy presidente del Estado.

Tal como se presenta hoy el balance de fuerzas, Juan Evo Morales Ayma podría mantenerse en la Presidencia por la reiteración de errores de los partidos políticos, que la Ley de Organizaciones Políticas ha impuesto como beneficiarios del monopolio de la representación política.

Si la influencia de colectivos ciudadanos y la presión social consiguen imponer a los partidos una manera distinta de encarar el proceso electoral, el MAS, de acuerdo a su historia y antecedentes, probablemente se inclinaría por anular o excluir de alguna manera a la alternativa electoral que combine un programa y propuesta de país, organización y candidatos que compitan seriamente con el oficialismo. La vigencia de tales expectativas y tendencias del oficialismo ha vuelto a asomar en el manejo del decreto de amnistía a dos expresidentes, de manera que si quieren acogerse al presunto beneficio están obligados a solicitarlo, cuando ambos han objetado la pertinencia de la figura jurídica, inclusive cuando se suponía que se concedía incondicionalmente.

El cronograma y requisitos establecidos en la Ley de Organizaciones Políticas y su reglamento dificultan mucho que esto ocurra, y esto sin contar con la inercia de los partidos que están lejos de entender que enfrentarse electoralmente con el oficialismo, usando como propuesta y programa solamente una lista de promesas de enmendar las fallas y delitos del régimen, es una apuesta por el desastre, que se verificaría en una gran debilidad del reemplazante y toda la posibilidad de que sea revocado a medio término de su mandato.

Estoy sinceramente convencido de que pesa idéntica amenaza sobre un nuevo gobierno encabezado por el actual jefe de Estado, ya sea que se imponga debido a la pura incompetencia de sus contendores o, peor aún, incrementando la inconstitucionalidad e ilegalidad de su candidato, a través de la comisión de nuevas arbitrariedades.

La insistencia del MAS en volver a apelar a su único y permanente candidato llega a tal extremo que bien puede considerarse que, después de haberse convertido en un partido político convencional, la que era una coalición de organizaciones sociales, militantes, dirigentes y agrupaciones corporativas y políticas hasta 2009 aproximadamente, hoy ha mutado en una variedad de culto místico.

El problema original de la candidatura del MAS y la calidad de triunfos que puede depararle tienen una sola enmienda que consiste en retirar esa candidatura y elegir en las primarias un nuevo y sorpresivo binomio. Muy lejos de lo que dice el ‘vice’ -no me animo a decir “lo que piensa”, porque entre lo uno y lo otro parecen existir distancias insondables- esa vía no constituye suicidio político alguno.

Para que la dirigencia del MAS alcance a entender tal escenario, sería necesario que cancele y se deshaga la forma de pensar que lo llevó a suponer que un fallo favorable de la Corte Internacional de Justicia hubiese garantizado un aplastante triunfo de su ilegal candidatura. Dicho razonamiento confundía la sensación térmica que irradiaba la opinión pública en Bolivia y Chile, previamente a la sentencia. En ambos países se suponía muy mayoritariamente que el fallo favorecería al demandante.

Pero, de la misma forma que inclusive en esa circunstancia la sentencia no suponía solución, tampoco la candidatura oficial, ni su programa de inversiones públicas de visión obsoleta y trámite corrupto, ni la liquidación de las fuentes de vida y naturaleza que requieren para ejecutarse, ni el endeudamiento a escala suicida y la dependencia económica y política que acarrean, son parte de alguna solución real para el país, sino simples manifestaciones de la descomposición de un régimen que (otra vez) desairó y pisoteó las grandes expectativas que acumuló en un inicio.