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15/04/2015
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El abogado y catedrático español es líder del equipo extranjero que defiende la causa marítima de Bolivia ante el tribunal de La Haya. A pesar de ello es un hombre sencillo y de buen ánimo. Antonio Remiro confiesa que, a sus 69 años, todos los días camina 10.000 pasos por salud, pero sobre todo aprovecha esas largas caminatas para inspirarse en nuevas ideas de trabajo.

¿La Haya no es un terreno desconocido para usted?
No, hace más 20 años (que litiga en La Haya). De hecho, creo que soy el abogado internacionalista de lengua española con más presencia en la corte. Allí solo se trabaja en inglés y francés. Los latinoamericanos perdieron una oportunidad magnífica cuando en 1946 estaba reconstruyéndose todo el andamiaje multilateral a través de las Naciones
Unidas.

En aquella fecha, 20 de los 50 miembros fundadores eran latinoamericanos y hubo una oportunidad para incluir el español como lengua de la corte, pero no se hizo, el grupo se contentó con un tercer juez latinoamericano que, finalmente, se perdió (...)

Nos encontramos por segunda vez en la historia con una corte donde no hay ningún hispanoparlante, en un momento en que hay más casos hispanoparlantes que antes.

¿En qué idioma litiga usted ante La Haya?
Litigo en francés. La posibilidad de que se litigue en español está prevista si la financian ambas partes, pero el problema es que te encontrarías con un tribunal donde posiblemente solo una porción de ellos entiende español, lo cual no sería funcional.

¿Qué es clave para estos procesos internacionales?
Es difícil, porque partimos de la base de que los estados son muy celosos de su soberanía, lógicamente aceptar la jurisdicción de un tribunal internacional supone en cierto modo la delimitación de la libertad de decisión, pero afortunadamente con el tiempo y con el Pacto de Bogotá se consiguió que un cierto número de los países latinoamericanos se incorporaran al pacto y mediante esto aceptaran la competencia de la Corte.

No hubo casos durante muchísimos años, a pesar de que el pacto estaba en vigencia, y alguien pensó que el pacto era una especie de bella durmiente. Bueno, la bella durmiente despertó y desde entonces ya ha habido muchos casos en los cuales el pacto ha sido el fundamento de jurisdicción.

A partir de ahí, un estado tiene que armar un equipo de juristas, hacer estudios previos importantes, no se puede plantear la demanda sin tener un dossier, no se puede improvisar.

¿Qué otros aspectos son vitales en estos procesos?
El equipo tiene que estar equilibrado en lenguas y formado por personas que no se crean divos, porque se producen enfrentamientos de divos y al final es el divo y no el Estado el que maneja las cosas.

Los estados tratan de buscar lo mejor para ellos y a veces confunden lo mejor con lo más publicitado o lo más conocido y tienen una cierta atención a buscar nuevas asesorías, porque cuando un estado contrata a los que son ‘celebrities’ sabe que, aunque pierda el caso, está cubierto políticamente en sentido de que puede decir: “Hemos perdido a pesar de la celebrity”.

En cambio, si contratas a un tipo que es muy bueno, que sabe más del caso que nadie y que no está saturado de asuntos, si pierdes se te van a echar encima: “Por qué contrataste a este tipo de provincia”. Entonces es un elemento que funciona.

Otro aspecto es que los equipos de juristas no tienen que ser muy grandes, porque la cantidad no es sinónimo de calidad. Hay que conseguir gente con experiencia, pero que al mismo tiempo no esté saturada de casos, porque este es un trabajo muy artesanal. Tienes 24 horas del día para todo, para comer, dormir, trabajar, tener ocio, hacer el amor...

Entonces, si asumes más casos de los que puedes evacuar, una de dos, o tu trabajo pierde calidad o lo subcontratas, entonces ya no es tu trabajo, sino de tus colaboradores y no es lo mismo.

¿Usted es una persona de bajo perfil?
Soy una persona que no me voy ofreciendo a nadie, no voy descolgando teléfonos para decir: “Me han dicho...”, tal vez por exceso de orgullo o por egocéntrico, pero soy una persona que si me buscan, me encuentran. No voy buscando.


¿Es usted un abogado que lleva los casos hasta el final o cuando ve que va a perder lo pasa a otro?
No, hasta ahora soy fiel a quien me contrata y estoy con él hasta la lectura de la sentencia, sea cual sea. Por eso mismo no me gusta tener muchos casos, dos o tres son suficientes.

¿El caso de la demanda marítima de Bolivia es una de las prioridades en su agenda?
Sin duda, es un caso al que dedico muchísimas horas y lo hago como los que venimos de la universidad.

No estamos marcando tarjeta o mirando un reloj para decir cuántas horas trabajo. Si tomo un caso, me meto en cuerpo y alma, porque por amor propio quiero hacerlo bien, convencerme de lo que hago, quiero dar lo mejor, que lo consiga o no es otra cuestión.

No puedes ser incoherente entre lo que escribes como académico y lo que defiendes como abogado. Tienes que estar muy convencido de la causa que has tomado.

¿Solo toma casos en los que ve fundamentos sólidos?
Si no creo en el caso que se me plantea, no participo solo porque me paguen. No tomo un caso simplemente para hacer caja, lo tomo porque creo en él.

Siempre he sido muy honesto, nunca he hecho un dictamen solo para agradar al cliente y para que me vuelvan a contratar, hago los dictámenes de acuerdo a mi real saber y entender.

¿Qué le inspira la actitud del presidente Evo Morales con relación al tema marítimo? ¿Esto le da mayor confianza en su trabajo?
El haberse planteado el caso es porque el propio presidente ha manifestado que quería seguir en esta línea y ciertamente creo que Bolivia ha dado una serie de pasos positivos en esa dirección como crear la Dirección de Reivindicación Marítima (Diremar), ha creado un consejo que va a acompañar esto y ha contratado un equipo de abogados, entre ellos juristas de Bolivia, que son de primera calidad y muy cooperantes. Se ha tratado de asociar a la amplia masa de la sociedad y también a exautoridades. Se ha demostrado que es un esfuerzo, que no es una cuestión de Estado, de Gobierno o sectaria, sino una cuestión que afecta a toda Bolivia.

He visto incluso que hay una expectativa, que digo, hasta me asusta como abogado que tanto los medios como la opinión pública estén tan implicados. En fin, creo que se ha hecho lo que se tenía que hacer y vamos a tratar que se prospere, siempre respetando a la otra parte.
Es su segunda experiencia en un caso donde la parte contraria es Chile.

¿Esto muestra que usted conoce la dinámica jurídica de ese país?
Sí, tengo grandes amigos en Chile, he dictado cursos en la universidad chilena, pero evidentemente me debo a Bolivia en este caso. No le deseo ningún mal a Chile, por supuesto, no veo a Chile como una especie de elemento maléfico ni mucho menos, quizá allí me puedan ver a mí así, pero eso es irrelevante. Creo que estoy muy cómodo defendiendo a Bolivia, porque creo en su causa, porque creo que es algo que suscita una inmediata simpatía con el medio internacional.

Con el Pacto de Botogá surge el tribunal de La Haya como una salida pacífica a los conflictos. Entonces, ¿no habría por qué desconocer el trabajo de esta corte?
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Sí, porque el objeto y el fin del pacto es resolver las diferencias entre países. El pacto recoge algunas excepciones y una de esas es de la que se trata de agarrar Chile para impedir que la corte conozca el fondo del asunto (de la demanda boliviana).

Hay quienes tal vez piensan que Bolivia, al ser un país ‘tercermundista’, tiene pocas posibilidades de ganar en un tribunal internacional.

Eso es lo que también se pudo preguntar Nicaragua cuando demandó a EEUU (por violaciones al derecho internacional al apoyar a la oposición armada y por poner la mirada en sus puertos), un país pobre, hostigado e intervenido por EEUU y que de pronto iba ante la corte a demandar a la primera potencia del mundo. Se pudo haber dicho: “Tú estás loco”.

Pero esa potencia fue condenada por ese tribunal por incumplir todos los grandes principios del derecho internacional y eso de alguna forma abrió un camino.

Al principio se pensaba que la corte era una institución creada por los países del primer mundo para aplicar una medida judicial a los del tercer mundo. Cuando Nicaragua rompió ese tabú vinieron muchos países detrás.

¿Se puede decir que Bolivia también está rompiendo con ese tabú?
Lo que hace Bolivia es confiar en los medios judiciales de solución pacífica para tratar de resolver una controversia con Chile que está viva, que está presente, frente a la que no quiere quedar quieta, y que una decisión judicial puede servir como causa de paz y de justicia, de un futuro de solidaridad, de integración, de buena vecindad. No es un acto hostil. No se puede entender jamás que acudir a un tribunal es un acto hostil, es un acto de civilización, de buen desarrollo del Estado de derecho internacional.

¿En qué casos no ha ganado y cómo lo asumió?
Lo ideal es que el día en que se pronuncie una sentencia ambas partes puedan decir: “Hemos ganado”. Si uno dice he ganado y el otro, he perdido, los políticos en cuestión tienen tres opciones: echar la culpa a sus abogados, echar la culpa a gobiernos anteriores (‘yo no fui, me encontré con la patata caliente’); o decir hemos ganado, aunque se haya perdido.

En un caso es difícil establecer una victoria o una derrota absoluta, siempre hay elementos que pueden favorecer a una parte y otros, a la otra parte, entonces se compensa.

Las partes que pierden son aquellas que manejan mal incluso a su propia opinión pública, porque a pesar que saben que van a perder en tal punto, le hacen creer en tantas expectativas cuando no tienen fundamentos para ello.

Y también cuando uno tiene actitudes maximalistas. Tú dispones de todo, ocupas todo, el otro te demanda algo y tiene base para ello, entonces por poco que te quiten crees que pierdes y a lo mejor estás ganando mucho. Seguramente dices: “Es que lo tenía todo y me quitaron una parte”. Es que no era suyo lo que usted tenía. Tenía 100 y le quedan 80, de repente tenía 50 y le han dado 80, alégrese, usted había robado 50 y de los 50 incluso le han dejado 30, eso es lo que muchos países no saben entender