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Se propuso atravesar el páramo montañoso y simplemente cargó con su destino. Aseguraba que sería brújula y oráculo a la vez. “El destino es infalible y marcará mi meta sin equívoco alguno”, se decía. En cada descanso sacaba el destino cual piedra preciosa y lo limpiaba diligentemente para que no pierda su brillo.

De tanto en tanto lo observaba absorto para ver el sendero a tomar. Poco a poco, sintió que ascendía y efectivamente era la ladera de la montaña. Estaba tan seguro del destino, que sentía que el ascenso lo alimentaba y lo hacía más grande y más fuerte. “¡Retorna por donde viniste!”, le dijo el anciano sabio (que no falta en los cuentos…). “Sigo la huella del destino”, respondió el caminante. El anciano decidió seguirlo a distancia prudente. Caminante y anciano enrumbaron sobre senderos cada vez más angostos y pedregosos, con precipicios profundos al costado.

El sendero llegó hasta un túnel oscuro, en cuya estrada se apoyaba una espada muy grande y finamente labrada, su brillo era cautivante. “No podía ser mejor, no solo tengo un destino que rige mi camino, ahora tengo poder”.

El brillo de la espada alumbraba el oscuro túnel en cuyas paredes de tanto en tanto aparecían dibujos que iban revelando gráficamente el futuro del caminante. No podía dar marcha atrás, su destino se aclaraba de manera tan morbosa que no podía dejar de ver cómo en los dibujos crecía su poder, gradualmente un simple hombre se transformaba en un todopoderoso rey ¡dueño y señor de todo! “Mi destino es ser rey, mi destino es el poder”, se decía cada vez más convencido.

El anciano, con su humilde antorcha, lo seguía tratando de advertirle que no siga, pero su voz se hacía cada vez más difusa para los oídos de alguien que no quería escuchar, el destino y el poder se adueñaban cada vez más de ese ser del que quedaba poco... su caminar se hacía más cansino y se le hacía cada vez más difícil cargar con la espada y el destino, que las comenzó a arrastrar. De hecho, sintió que algo en su cuerpo estaba cambiando, no sentía sus piernas como tales, solo se arrastraba y jalonaba como podía su destino. La espada ya había quedado atrás, junto al último dibujo glorioso de un rey que nunca reinó.

“Me queda aún mi destino”, se decía, al momento que difusamente veía una luz, signo del final del túnel. Quedaba poco de sus brazos que se habían pegado al cuerpo, y su visión era cada vez más borrosa. “Estoy cerca de mi destino”, se consolaba, al momento de sentir que arrastrarse se le hacía más fácil.

El anciano sabio, que ya no podía hacer nada, vio cómo un ser vermiforme y desnudo salía arrastrándose del túnel, y que en su incapacidad de ver se dirigía inexorablemente hacia el borde del precipicio. ¡Intentó gritarle! pero calló… al tiempo que ese ente de movimientos ondulantes y ciego caía estrepitosamente al abismo. “Era tu destino”, se dijo entre dientes el anciano famélico, a tiempo de retornar cabizbajo, con la espada en mano…