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Dramática, no es una palabra que grafique la “marcha sobre ruedas” que realizan las personas con capacidades diferentes que ya recorrieron la mitad del camino, 192 kilómetros en 20 días y ahora ingresan a la parte más dura porque deben enfrentar el gélido clima del altiplano paceño que ya empezó a minar la salud de los aguerridos marchistas.

Representantes de seis departamentos recorren desde ayer los 189 kilómetros que los separan de la sede de Gobierno. En silla de ruedas, con muletas, bastones o empujando a sus compañeros de infortunio, todos participan de esta marcha, incluso los policías y bomberos, que custodian a estas personas, colaboran.

Primero las úlceras, luego las ampollas y ahora los resfríos, son las dolencias que padecen estas personas con capacidades diferentes y que se resisten a rendirse. El doctor Adalid Gutiérrez, refirió que el Ministerio de Salud destinó a dos galenos para la atención permanente y ellos también marchan escoltados por una ambulancia.

Los acuerdos que realiza el Gobierno y los intentos de división no los debilita, ellos sienten que por el contrario se fortalecen y la primera meta es llegar a Patacamaya, a 100 kilómetros de La Paz, afirma el presidente de la Confederación de Personas con Capacidades Diferentes, David Cayo.

Su compañero, Alex Bracamonte, dijo que el viernes la ministra de Salud, Ariana Campero, y cuatro viceministros, los encontraron en Caracollo y les formularon la misma propuesta, pero del bono de Bs 500 para todos no se conoció ninguna alternativa.

Las penurias
El estruendo de tres petardos se pierde en la inmensidad del altiplano y con el sol sobre las espaldas, las personas con capacidades diferentes inician el lento recorrido desde Caracollo, esperaron durante toda la mañana el arribo de cualquier comisión del Gobierno con buenas noticias pero esto no ocurrió.

Cada 20 minutos la caravana se detiene por una u otra razón y hay una pausa de 10 minutos, el que tiene la mano amputada, ayuda a empujar la silla de ruedas; los de las sillas cargan las muletas, paraguas, radios o la ración de fruta que les toca.

Después de 20 minutos de salir de Caracollo a Sixta Humérez le abandonaron las fuerzas y ya no pudo seguir. Fue auxiliada por cuatro policías que la ayudaron a subir a la camioneta que escolta la caravana, en medio de sollozos comunicó a su familia que abandonaba la caravana.

Pero la marcha no avanza anónima, cuatro sordomudos que se plegaron en Caracollo, portan latas de leche que tienen una ranura y piden caridad a los camioneros, choferes de flotas o vehículos particulares que transitan por la doble vía a Oruro. Con señas logran explicar que consiguen solidaridad en las rutas, principalmente de los camioneros o flotas de transporte.

Estas cuatro personas arriesgan incluso su integridad porque la vía es de alto tráfico. Salen aplausos de una flota y arrojan monedas de su interior, y los silentes se abalanzan sobre la carretera para recoger la caridad.

Dos vehículos, de familiares de los propios discapacitados, acompañan a la marcha, dentro están las carpas, frazadas, colchones o ropa de recambio, mientras que los marchistas portan solo lo esencial.

En Patacamaya
David Cayo mencionó que planea llegar en tres días a la localidad de Patacamaya, distante 100 kilómetros de La Paz, y dijo que ese será el punto de concentración de los afiliados a esta confederación y desde ahí marcharán hacia La Paz. Cayo prefirió no mencionar cuándo llegarán a la sede de Gobierno, “depende de cómo avancemos”, señaló.

Afirmó que son 52.349 personas con capacidades diferentes debidamente identificadas y que es decisión de todos no retroceder en su demanda de Bs 500 de renta y por eso denominaron su marcha “Por la vida y dignidad, ¡renta o muerte!”, grita. “Renta” es la sonora respuesta de sus compañeros de la caravana.

Los testimonios de los marchistas refieren que el abandono de sus familiares, la vida solitaria y las dificultades económicas es la trilogía que los rodea y los amenaza; sienten impotencia por no hacer más, dicen tener ganas y voluntad, pero las dificultades físicas impiden conseguir un trabajo. “Si nos dieran trabajo, no estaríamos pidiendo asistencia”, señala iracundo el dirigente Álex Bracamonte