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La obra de Jean Luc Nancy es una de las más influyentes en la filosofía contemporánea. Sus reflexiones acerca de la comunidad, el cuerpo, el sonido, el tacto, el arte, la imagen, la poesía, el lenguaje, no solo discuten con la tradición filosófica occidental, sino que también corroen la escritura filosófica canónica. En su práctica, el filósofo explora la lengua y la desliza de los diccionarios y los tratados para acercarla, mediante neologismos, juegos de palabras, citas poéticas, fragmentos, y más, a una experiencia estética del conocer.

“Que se escriba, no del cuerpo, sino el cuerpo mismo”, se lee en Corpus, uno de sus libros más valiosos. Esa es la que se puede identificar como la inquietud que con insistencia recorre su escritura disolviendo las clásicas oposiciones entre objeto y sujeto, cuerpo y alma, trascendencia e inmanencia y construyendo la ontología del “ser singular plural”.  
 

Su producción, en el presente, está constituida por más de cincuenta libros y al menos cuatrocientos artículos publicados en los que relee principalmente a pensadores del siglo XX, como Heidegger, Derrida, Merleau-Ponty, Bataille, Blanchot. Precisamente, la relación entre el cuerpo y su escritura en el pensamiento es recuperada en la conversación que Jean Luc Nancy mantuvo con Brújula vía e-mail.

En ella, el filósofo mencionó cómo la materialidad de la lengua se palpa no solo en las palabras escritas, sino también en el cuerpo, que le imprime a la lengua un modo, un ritmo, un tono. En este sentido, se resaltó el lugar de la afectividad y la corporalidad en el pensamiento, gesto de Nancy que devuelve la dimensión emotiva y sensorial al logos racional y moderno (gesto que también podemos percibir en libros como A la escucha o Corpus).

Lo incomprensible, lo intraducible, así, se vuelve el lugar del descubrimiento y la duda, y por ello mismo un lugar valioso donde el pensamiento se ve potenciado. Allí radica la acción de las palabras, en los temblores que provocan al mundo, como leemos en los versos de Yolanda Bedregal que Nancy recupera y nos da a leer.


_ En su escritura se detecta la urgencia de cuestionar la lengua con la que trabaja el filósofo (la lengua en tanto idea pero también en tanto materia de la propia escritura) llevándola a sus límites para inventar nuevas posibilidades de pensamiento en un época de crisis como la que atravesamos. Aunque sabemos que se refiere no tanto a una cuestión idiomática, ¿qué posibilidades considera que brinda la coexistencia de la pluralidad de lenguas en el uso cotidiano de la misma teniendo en cuenta que en Bolivia la Constitución reconoce 36 idiomas oficiales? (N.d.R.: esta pregunta fue formulada en dos idiomas: inglés y español, razón por la que Jean Luc Nancy aclara que se encuentra “ante dos lenguas”. El resto de las preguntas fueron  realizadas en francés).
Me encuentro aquí ante dos lenguas, el inglés y el español, respondo en francés. El inglés es una especie de koiné moderna, es decir, el análogo al griego utilizado en el mundo Antiguo tardío, antes de cederle su lugar al latín... Se trata de una lengua rudimentaria, que sirve a todos pero que en todas partes necesita ser reformulada según las lenguas locales. El español aquí es el de Bolivia -no sé nada acerca de las variedades del español, pero sé que existen diferencias-. ¿Cómo esas lenguas se comprenden entre sí? ¿Cómo se traducen? De todas maneras existe lo intraducible: es necesario que lo haya, ya que lo intraducible es un lugar para el descubrimiento, la duda, la sugerencia. 


Por ejemplo: ustedes dicen que no me refiero “a una cuestión idiomática”. En español, ustedes dicen “no tanto”, que es diferente al “not” del inglés, es menos tajante… Pues bien, se trata precisamente de los idiomas, de aquello que es propio e irreductible (intraducible) en cada lengua y cada pensamiento: la confrontación entre los idiomas conduce a la reflexión. Por ejemplo, una reflexión sobre “el idioma”.
 

_ Usted acaba de afirmar, y es una afirmación que se puede encontrar a lo largo de su trabajo, que no es a pesar sino que es en lo intraducible o lo inexpresable donde es posible descubrir nuevos sentidos en el mundo. Precisamente, a mucha gente le atraen sus textos porque con su lectura acontece algo del orden de lo afectivo y lo corporal intraducible a la linealidad de la filosofía entendida únicamente como escritura (y visualidad). ¿Qué rol juegan la afectividad y la sensorialidad en todo esto?
Nuestra tradición moderna europea nos ha habituado demasiado a considerar el lenguaje como logos -este vocablo griego entendido como “lógico”-, es decir, dentro del orden de la razón, del análisis, de la demostración, de la prueba. Sin embargo, legô (N.d.R.: legô es un verbo griego del que deriva el vocablo logos) en primer lugar significa “recoger, elegir y reunir”: es un gesto que diferencia para crear un todo. Es lo que devino el relato, la descripción, el mito (en el sentido del relato de una acción o aventura).

Logos y mitos son inseparables: el primero -la razón- no va sin el segundo, que supone el afecto, la emoción, la sensibilidad. ¿Qué pasó? ¿Qué nos amenaza? ¿Qué nos atrae? ¿Qué deseamos? ¿Quiénes son ustedes? ¡Escuchen ese ruido! ¡Saboreen esa fruta! ¿Qué soñaron? Hay una ninfa en este origen... Les hablo, escúchenme, necesito que me escuchen, etc...

El animal parlante ha sido hecho para hablar, es hablando que vive y percibe su existencia. Es al hablar que experimenta su propia infinitud (la propia eternidad, para decirlo como Spinoza). Entonces, hablar supone la existencia de varios: incluso si solo le estoy hablando a uno. Hay en mí interlocutores, hombres, mujeres, animales, dioses, voces claras y voces confusas. Cantos también. Y silencios.


_ En otras ocasiones usted ha afirmado que lo que llamamos arte contemporáneo nos permite dirigir nuestra atención hacia la unidad más mínima que compone el arte: el gesto -el urinal de Duchamp, por ejemplo- como sentido sensible que acompaña al sentido inteligible. ¿Puede pensarse del mismo modo a las palabras como gestos?
Claro, aunque debemos comprender bien la cualidad propia del “gesto”: no como una acción funcional (en la que piensa Rousseau cuando dice que “las necesidades dictarán los primeros gestos y las pasiones arrancarán las primeras voces”), sino más bien como la acción realizada por sí misma (en francés decimos “por la belleza del gesto”). La realización en sí misma, podríamos decir, que por lo tanto no realiza nada (una obra, un programa).

Mallarmé escribió: je dis “une fleur’” et surgit “l’absente de tous bouquets” (N.d.R.: una traducción aproximada sería: Digo “una flor” y surge “la ausencia de todos los ramos”). Esta ausencia es por una parte la idea de “la flor”, pero por otra la palabra “flor” y cómo ella resuena en tal o cual lengua. Cómo ella florece en el lenguaje. Pero por supuesto que una palabra aislada, en el diccionario, no es en sí misma un gesto.

El gesto está en una frase, en una relación entre palabras, en una manera de vincular y desvincular palabras. Y las frases se pronuncian con un tono, una escansión, un acento… Eso es la poesía. Por ejemplo, los versos de vuestra Yolanda Bedregal:“Las palabras suaves se crispan en los puños / desafiando al relámpago.” Las palabras solo tienen sentido en los relámpagos que encienden, en las nubes que hacen flotar o en las ráfagas que exhalan. 
 

_ Usted  menciona a Yolanda Bedregal. Otra poeta nacida en Bolivia, Hilda Mundy, dijo: “Cuando se establezca el peso de las palabras, se habrá ‘aperturado’ el Reino Feliz”. ¿Cree usted en la apertura del Reino Feliz como un lugar utópico al que la poesía nos conducirá en un futuro, o cree más bien que esa apertura es una tarea que la poesía recomienza obstinada e incansablemente en el presente?
Sí, la poesía abre un espacio en el que las palabras no sirven para hundir los espíritus en la espesura de afirmaciones aburridas, de pesos conceptuales o de pretensiones políticas. El poema de Hilda Mundy se burla de las grandes frases y de las grandes palabras -los grandilocuentes e importantes discursos de la política, de la promesa y de la ilusión-.

Sí, es cierto que las palabras tienen un peso y que la frase debe estar hecha de palabras ligeras, de palabras -como ella escribe- igual que juguetes de corcho que flotan en la superficie de los océanos en los que flotamos. Y por supuesto que eso se hace en el presente, siempre de nuevo. No se trata de esperar un fin lejano sino de abrir, cada día, un momento, el “Reino Feliz”, incluso en el medio de la desesperanza. Tenemos el habla precisamente para eso: para hacerla palabra pesada o ligera, fuerte o blanda, oscura o luminosa.
 

_ Hablando del peso de las palabras, ¿qué lugar tiene el cuerpo en todo esto y qué presencias habilita para el pensamiento?
El cuerpo no tiene un lugar: él es el lugar, hace el lugar, todo el lugar. El cuerpo es la voz que habla, la mano que escribe. Es el aire en los pulmones, la lengua en la boca, los músculos del brazo, los nervios, la circulación de la sangre y sobre todo es precisamente el lugar, el lugar donde todo esto sucede, de donde la palabra sale y se dirige a los otros, se envía con todas las particularidades de tensión, de pulsación, de fuerza y debilidad, con las entonaciones, con las profundidades de la garganta y las armonías de la cabeza…


Mientras se lee a Hilda Mundy, es su cuerpo el que está allí, su propia vibración, es su peso específico, que no se calcula en kilos sino en incalculables murmullos, desplazamientos, quiebres, torbellinos, caricias, sabores. Todas esas cualidades, matices, impresiones, marcas y trazos constituyen un pensamiento que no queda nunca reducido a conceptos.

Tomen la palabra “parole”: en español, “palabra” (en francés “palabre” tiene muchos más significados, todos muy diferentes). Escuchen, experimenten todas las formas de presencia que ella puede adquirir en una conversación de lingüística, en un interrogatorio policial, en una canción (palabras, palabras, palabras. [N.d.R.: Aquí Nancy hace referencia a la famosa canción Parole Parole, interpretada por Mina). Es una palabra que enrolla y desenrolla alguna cosa en francés, que hace sentir los labios en español. Me encuentro con estos versos de Octavio Paz : “y tus palabras afiladas cavan / mi pecho y me despueblan y vacían”. Incluso sin comprender del todo, reconozco la aliteración palabras/despueblan y la relación a la vez sonora y de significado entre cavan y vacían. No hay nada formal ni ornamental allí : es el cuerpo viviente de la lengua.
 

_ Para distinguir al arte de hoy del arte de otras épocas usted afirma que el arte contemporáneo responde a la pregunta qué es el arte y a qué mundos quiere darle forma. ¿De qué manera la pregunta “qué es el pensamiento y a qué mundos quiere darle forma” está presente en su escritura?
El arte da forma, sí, pero el pensamiento no lo hace en el mismo sentido. La forma artística es sensible: el mundo deviene La madona del parto, deviene El cóndor pasa, deviene Iván el Terrible. La forma del pensamiento, -al menos si reservamos “pensamiento” al concepto, a la noción o a la idea, por lo tanto al lenguaje, porque hay un pensamiento del arte, como arte (¡y uno del deporte, como deporte y de otros incluso!)- es una forma esencialmente en transformación, que no es sin embargo “no sensible” (inteligible, como se dice) sino cuya sensibilidad está enteramente en la transformación, la plasticidad, el desplazamiento y hasta en la desaparición. Por ejemplo, la noción de democracia pertenece al pensamiento porque se transforma, se complica,  se problematiza, se predica (directa, participativa, representativa…), se define o “infinitiza”, etc… Ningún pensamiento se contenta con ser un “concepto”, una significación determinada (democracia vs. aristocracia, por ejemplo), no se piensa, en el sentido de la palabra, hasta que no se pone él mismo en cuestión: ¿qué es lo que opone democracia a aristocracia? ¿pueblo a excelencia? ¿por qué hay que ver allí una oposición? Un pensamiento no es una obra, es un movimiento, una agitación, un temblor… 
 

_ Venimos hablando de cómo el arte, la poesía, revelan sentidos no descubiertos en la lengua, abren mundos nuevos. ¿Cómo impacta esto en la vida en común ?
La comunidad es al mismo tiempo una lengua, un mundo, una historia. Todo lo que pasa en el habla, la escritura, la imagen, la música, la cocina, la vestimenta, las costumbres, no deja de formar y transformar lo común -ese tejido ágil y cambiante que hace posible el reconocimiento necesario para mantener un vínculo-.Por lo tanto, la comunidad está expuesta a cambiar, a descubrirse diferente… Por ejemplo, la “nación” francesa se conformó a lo largo de los siglos, con pueblos y lenguas muy diversas (bretón, alsaciano, vasco, loreno, normando, etc, etc). También, en muchos casos, con las guerras (del Norte contra el Sur, contra Alemania, Italia, Inglaterra). Incluso hoy la “comunidad francesa” es una realidad móvil, de contornos un poco variables. Esas realidades son esencialmente móviles o plásticas a largo plazo (se podría decir que Francia es una entidad vieja, de seis siglos, es mucho, quizás demasiado…).
Pero no habría que hablar de “un impacto en la vida en común”: no se trata de “un impacto en”, sino que son la misma cosa, la comunidad y la lengua, las imágenes, los símbolos y todas sus transformaciones… El ser-en-común es el ser mismo, o la existencia. No hay una existencia aislada -mejor sería decir: no existe ningún ser aislado (¡Ni siquiera Dios es único!)-. Por supuesto que existen situaciones de soledad y existe también una soledad real para cada uno -pero incluso ahí se trata de un aspecto más del ser-en-común-. Es el ser-en-común por la interrupción, la distancia, el abismo entre “vos” y “yo”.  A este abismo la lengua también lo nombra, lo expresa, le da formas…