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Mezquinos, caraduras y mentirosos son, para el presidente y su séquito, quienes le recuerdan, allá donde vaya, que el país decidió, por sufragio libre, secreto y democrático que no debe ser nuevamente candidato a presidente. Sin consulta electoral, se perfila como sumamente claro que es también criterio mayoritario que el palacio donde se ubican sus nuevas oficinas y la de su grandioso piso no es congruente con las grandes tareas pendientes para erradicar la pobreza, la precariedad de los servicios básicos y para cumplir gran parte de lo que prometió en tres campañas y sus respectivas gestiones.

Intenso lenguaje el del presidente para expresar honda molestia y rabia, que no dejan que su espíritu encuentre sosiego, pese al calibre de sus expresiones y sus evidentes ganas de que su explosivo lenguaje lastime tanto que pueda él recuperar la calma.

No es raro que a un hombre famoso globalmente porque odia perder, le sea intolerable toparse en los sitios más inesperados con cánticos y banderas que le recuerdan la derrota, el fracaso y la crítica. En realidad es difícil  hallar alguna persona que acepte con serenidad que se le refresque la memoria de no haber ganado; pero quien conduce un país y tiene la obligación de adoptar continuamente decisiones ecuánimes, está obligado a enfriar sus naturales y básicas tendencias, como requisito inexcusable para no multiplicar sus errores y debilidades.

Darle tanto tiempo, como hace el mandatario Juan Evo Morales Ayma, a despotricar, acusar y descalificar a los que simplemente no hacen más que recordarle los resultados del referendo constitucional que el mismo convocó entusiasmado, sin presión, exigencia, ni amenaza alguna, atenta seriamente contra el equilibrio y la eficiencia de la gestión.

Lo mismo se aplica a las expresiones de descontento con su palacio del que, ahora dice, ignoraba la batería de regalillos que contiene para su beneplácito, aunque antes afirmó otra cosa. Eso del “ahorro en alquileres”, improvisado por su acompañante de fórmula, y afinado con su afirmación de que serán dos o tres los ministerios que se trasladarían a sus predios, sigue sin convencer, ante las imágenes frecuentes de enfermos que se crucifican para reclamar tratamiento a sus dolencias, de instalaciones precarias para atender los asuntos de Estado en materia de educación, pensiones, sanidad pública, o vivienda, para mencionar las más conocidas.

Las estadísticas sobre el retroceso de la pobreza extrema son positivas, pero no mitigan el dolor que cunde con las cada vez más frecuentes noticias de familias que sucumben ante el hambre, cosa que estimula, razonable y comprensiblemente, el rechazo social frente a gastos y excesos de la burocracia que disfruta por más de una década de sus cargos y privilegios. 

Atribuirle al conservadurismo político tales expresiones, no hace más que subrayar la acelerada pérdida de perceptividad que todavía pudo ostentar el presidente, cuando se dio cuenta de que los errores cometidos por sus más próximos “operadores” en la aprobación del Código Penal y que, en consecuencia, era mejor retroceder que alentar el enfrentamiento.

Ahora ni siquiera alcanza a notar que sus insultos para quienes reclaman el cumplimiento de la Constitución, el final del derroche o su afirmación de que no “sabe de viático(s)”, están limando ásperamente las bases de su credibilidad y convocatoria. Si ignora que los grandes gastos que cuestan sus desplazamientos, sus aficiones y caprichos se pagan con unos muy altos gastos de representación –igual de opacos que los gastos reservados que reprocha a sus antecesores-, está dando señales de que además del rumbo ideológico, está perdiendo el control, cosa que él ciertamente aborrece. Con tantos datos del gran aflojamiento de sus vínculos con lo nacional y lo popular, con el sentido de lo democrático y la sensibilidad de su electorado, haría muy bien en buscar a los mezquinos, pícaros y sinvergüenzas no muy lejos como en la vereda del frente,  porque, sin asomo de duda, podrá encontrarlos por docenas y gruesas, muy cerca, demasiado cerca.