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Bélgica, 2016

Una alfombra verde. Unas 300.000 personas. Un invierno crudo. Esa realidad no cambió por 10 meses. Había dejado la caliente Cobija por Gante, una ciudad al norte de Bélgica, y canjeado el arroz por el pan y la papa europea. Eso a sus 16.

Brusco. Así fue el cambio, pero Shariffe Valdez supo digerirlo. De a poco. Allá, una bicicleta la llevó todos los días al colegio. Y allá organizó una exposición para explicarles a sus 21 compañeros de aula dónde quedaba Bolivia.

En esa región, el español era lo menos que importaba. Y al comienzo las señas fueron su mayor recurso para comunicarse con su familia de intercambio. Su ‘mamá belga’ se sentaba todas las noches para enseñarle el neerlandés, a los seis meses le entendió y a los ocho lo habló fluidamente. También tuvo que aprender algo de francés e inglés.

Fue en ese mundo que llegó a la madurez, quizá obligada a sobrevivir en un país tan distinto al suyo, donde -según ella- los adolescentes son inútiles y solo son funcionales para estudiar, cuidar niños y limpiar casas. “Toqué tierra. Dejé mi zona de confort para entrar a un lugar que no conocía. Pasé de ser hija de papá a hija de nadie. Cuando volví a Bolivia le dije a mi madre: ‘Aquí está la nueva Shariffe’. Y mis lágrimas ya fueron de victoria”, relata.

Bolivia, 2018

En 45 minutos pasa del calor al frío. Eso lo hace una vez al mes. Y lo seguirá haciendo. Cuando volvió a Cobija decidió irse a La Paz para estudiar Comunicación Social. Y tenía miedo.

En la sede de Gobierno hizo amigos, grandes amigos. Y siente que ya es su segundo hogar. “Soy una paceña más”, dice. Recién empezó la carrera y ya sabe lo que hará cuando la concluya: ejercerla en Santa Cruz. Se ve sonriendo, maquillada y presentando un programa en la TV.

No tiene la medida ‘suficiente’ para destacar (1,68 m), pero sí el arma de la oratoria. “Soy la pitufina que puede sacar a una rabiosa del interior o a una reservada y callada. Todo depende. Me gusta ser marea alta y baja”, asegura. Eso es lo que vio en ella la fraternidad Tao para convertirla en reina del Carnaval de Pando.

El 2 de marzo le pondrán la corona. Para el corso (aún sin fecha), detrás de ella irán cinco comparsas. ¿Qué quiere con la corona? Visitar los barrios, impulsar el carnaval de calle y dejar su huella. No quiere saber nada de política. Cree que el 21-F debe meterse a una heladera y “olvidarse” de él por un momento. “Porque el Carnaval es otra cosa. Es alegría”, subraya.

Una vez fue niña en Cobija. Jugaba descalza, ‘comía’ tierra y chupaba manga. Otra vez fue adolescente y después madura en la alejada Bélgica. Hoy, promete volver a la calle 27 de Mayo en el barrio Senac, donde la vieron crecer y ser simplemente ella, Shariffe, la reina.