Opinión

¿Y después de La Haya?

El Deber Hace 3/29/2018 8:00:00 AM

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Nos han convencido de que el Tribunal Internacional de La Haya dará la orden a Chile de que nos devuelva el mar arrebatado. Nos hacen creer en el imposible milagro. Pero no va por ahí la historia. No es eso lo que planteó Bolivia al tribunal, ni tiene el tribunal autoridad para imponerlo.

Si Bolivia ganara el juicio, si el tribunal nos da toda la razón, lo más que puede suceder es que ordenen a Chile que se siente a conversar y “de buena fe”. Nada más. En el mejor de los casos, una vez terminado el juicio estaremos igual que al principio. Tendremos el mismo reto de hace más de cien años. Nos queda conseguir que Chile nos escuche con respeto y convencerlo de que nos ofrezca pasar hasta el mar.

Previsiblemente, el tribunal dirá a Chile que dialogue con Bolivia de buena fe. Pero, la buena fe no se puede medir. La buena fe no cabe, si no hay comprensión de la importancia y credibilidad del interlocutor. Por eso, el problema que tendremos después del juicio es saber manejar el diálogo que exigimos. Con fallo o sin fallo estamos condenados a conversar con nuestro vecino y a buscar que nuestra propuesta, que nuestros representantes, que nuestra seriedad, que nuestras sonrisas, que nosotros y nuestras palabras sean tan convincentes que logren cambiar la respuesta de siempre. Hay que ganar la benevolencia. Hay que convencer. Hay que conquistar el respeto y la intención de solucionar nuestro problema.

Vivimos en permanente guerra con Chile. Cultivamos en nuestras escuelas y en nuestras plazas el odio al invasor. Nos mantenemos en un permanente y soberbio desplante. Estamos en estado de apronte, no para la guerra, que gracias a Dios es imposible, sino para la demostración del más terrible de los odios. Somos irreconciliables enemigos y, sin embargo, vamos a quejarnos a un tribunal de que ese enemigo nuestro no quiere dialogar con nosotros. Lo fulminamos hasta con la mirada, pero lloramos porque no habla con nosotros, no nos escucha.

Si ganamos el juicio de La Haya, tenemos el reto, que nunca comprendimos, de hacer posible el diálogo que demandamos y que necesitamos. Tenemos que aplacar el fuego de nuestra ira para que sea posible que nazca un diálogo inteligente, constructivo, con propuestas serias, bien pensadas. Tenemos que construir nosotros, no Chile, un diálogo entre dos pueblos respetables. Y ahí viene el punto delicado. No seremos respetables mientras seamos los pobrecitos que piden limosna, ni los que inspiran lástima. No seremos respetables mientras nuestro pueblo viva abandonado a su suerte sin una escuela que desarrolle sus facultades y sus potencialidades. No seremos respetables mientras tengamos solamente insultos y amenazas, en lugar de propuestas e ideas brillantes. Tenemos que crecer y cultivar a nuestra gente, hasta que seamos un pueblo que todos valoran y aprecian. Tenemos que crecer, en lugar de culpar al mar de nuestra dejadez, de nuestras debilidades y de la incapacidad de nuestros gobernantes. Tenemos que armar una sociedad que se organiza y atiende a su gente, como lo hacen los pueblos que han madurado. Tenemos que conversar de igual a igual, sin complejos, en representación de un pueblo plenamente digno.