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Juan Jesús y Deybi llegan al trote con su uniforme celeste, sedientos a morir después de haber jugado en su colegio, a 200 metros de ese lugar. Como no hay agua en el único grifo que tiene la escuela, no dudan en correr hasta el paúro que provee de ese líquido a los vecinos del barrio, en medio de una quebrada natural. Con sus manos, los pequeños agitan un poco el agua para esparcir las hojas que cayeron, para luego echar su primer sorbo con un gesto de deleite.

Son parte del municipio de El Puente y están apenas a unas cuatro cuadras de la Alcaldía, pero la falta de agua potable es una de sus principales carencias. No por nada el Instituto Nacional de Estadísticas (INE) muestra a El Puente como el municipio con mayor índice de indigencia en Santa Cruz, donde 23 de cada 100 habitantes viven sin servicios básicos, en casas precarias y con bajos niveles de educación y de salud.

Tan solo en esta escuela 1.º de Abril del barrio San Carlos, son 78 estudiantes que penan por la ausencia de agua potable. La Gobernación de Santa Cruz hizo cuatro pozos para abastecer el tanque de la zona, pero solo alcanza para las primeras horas del día, después se seca.
Hasta los baños con pozos ciegos están ‘trancados’, también por la falta de ese líquido. El profesor Tibúrcio Martínez confiesa, en voz baja, que muchos niños se ven obligados a ir hasta sus casas, en horas de clases, para hacer sus necesidades.

Martínez pasa clases con 35 alumnos en un aula de madera, en medio de la penumbra, porque allí tampoco hay energía eléctrica. En esta escuela tienen tres aulas de ladrillos, dos de madera y una de hojas de cusi. En esta última encontramos a la profesora Yeny Rivero, con sus 14 alumnos del cuarto básico, enseñándoles religión en una pizarra colgada de una de las paredes de hojas de cusi. Zulma Burgos, una de las estudiantes, confiesa que cuando no hay agua a veces se compra un poco de chicha en la tienda de la escuela; que en invierno siente el frío en el aula y que para bañarse tiene que ir hasta el paúro para recoger agua en baldes.

En el barrio Santa Rosa, próximo a la calle principal del pueblo, tampoco hay agua potable ni energía eléctrica. Como bendición de la naturaleza, los vecinos tienen otra vertiente de agua natural donde lavan ropa y un paúro de donde toman agua, al que cuidan como oro. Es más, se quejaron de que un vecino recién llegado al barrio estaba cortando la vegetación cerca del lugar, cuando eso es una amenaza porque el paúro se puede secar.

Faltan otros servicios
En este municipio sobre la carretera a Trinidad, a 400 km de la capital cruceña, en la provincia Guarayos, no hay ni una calle pavimentada, solo la plaza. El mismo alcalde, Ángel Copa Martínez, del Movimiento Demócrata Social, reconoce que en esto no se avanzó nada y que su principal desafío, a un mes y medio de iniciar su gestión, es precisamente pavimentar al menos la calle principal que pasa por el gobierno municipal. La Alcaldía maneja un presupuesto anual de Bs 13 millones, pero sus deudas ascienden a Bs 6 millones.

En todo el municipio hay cuatro unidades educativas hasta nivel secundario, pero la mayoría de los hijos de los trabajadores del campo no acuden a estas por falta de recursos.

En el mismo pueblo, los habitantes sufren cortes intempestivos de energía eléctrica y tienen que acudir a las velas o a las lámparas a gas. Dory Ortiz cuenta que no solo recoge agua del paúro para ella y su esposo, sino también que cuando tuvieron que operarla del apéndice la trasladaron hasta el hospital de Guarayos, porque en el centro médico de El Puente no hay ningún especialista.

Si bien en la parte central del pueblo hay casas de ladrillo, todavía abundan las viviendas de motacú o de cusi que son presas fáciles de los desastres, como el que vivió Vicenta Saucedo y sus siete hijos en 2014, cuando una chispa que vino de alguna quema forestal incendió sus cuatro cuartos de motacú, a pocas cuadras de la plaza del pueblo.

Faltan otros servicios
El único centro médico de El Puente atiende en horario de oficina y por las noches solo cubre emergencias. Aún así hay que llamar por teléfono al médico de turno, y como la farmacia del centro está cerrada, el paciente se ve obligado a recurrir a farmacias privadas donde tampoco hay muchos remedios.

Esta es la realidad con la que lidia todos los días el director del centro médico, Iban Suca. Allí trabajan 24 personas, pero solo tres son médicos generales que atienden en el lugar y otros tres se encargan de ver los seguros y bonos del Gobierno. Pacientes con enfermedades cardíacas, oftalmológicas y hasta con una simple convulsión por epilepsia tienen que ser trasladados a hospitales de Guarayos, San Julián o Santa Cruz.
El único avance que tuvieron es la habilitación del programa Telesalud, para consultas virtuales y que ya dio resultados