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Corría el 2003, y el país vivía en medio de una serie de protestas sociales que derivaron en lo que se llamó la ‘guerra del gas’. El principal motivo era la oposición a exportar gas a través de puertos chilenos y mientras no se asegure primero la provisión al mercado local; sin embargo, el paso del tiempo demostró lo errado de dichas demandas y, sobre todo, haber cedido ante ellas. Primero, porque dado el mínimo consumo nacional, el suministro interno nunca estuvo en riesgo y, segundo, porque gracias a ese patriotismo revanchista quien resultó más perjudicado no fue Chile, sino el pueblo boliviano.

Independiente del contexto político en que ocurrió, y desde un punto de vista estrictamente económico, resulta claro que, si se hubiese aceptado la propuesta de exportar gas al mercado norteamericano por vía marítima, previo su tratamiento en una planta de licuefacción en Chile, la estructura de mercado de la industria gasífera boliviana sería hoy totalmente distinta. El país habría ampliado su cartera de potenciales clientes y no estaríamos en la situación actual de oligopsonio, con pocos compradores y sujetos a fluctuaciones en los niveles de la demanda de los países vecinos, sino que podríamos vender gas a cualquier parte del mundo, diversificando el riesgo asociado a caídas en la demanda de nuestros mercados.

Lo anterior habría atraído un monto significativamente mayor de inversión extranjera en exploración y explotación de hidrocarburos y no nos encontraríamos en la penosa situación presente, rechazando solicitudes de un mayor volumen de exportación debido a un nivel de producción insuficiente; lo que, por más que se pretenda desmentir, es evidente, puesto que Argentina estuvo dispuesta a pagarle recientemente a Chile un precio incluso mayor al que normalmente nos paga con tal de tener certeza de un suministro suficiente en invierno, que nosotros no podíamos garantizar.

Más grave aún resulta la disminución que, advierten los expertos, experimentan nuestras reservas de gas. Bajo ese escenario, si no se implementa a la brevedad una política agresiva de inversión en exploración, el mercado de los hidrocarburos en Bolivia terminará, como por arte de magia, haciéndose gas.