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De mala hierba a venenosa sin parangón. No puede ser que la izquierda siga haciendo lo que hizo en los 60. Los ataques, invasiones y asesinatos eran justificados a título la Guerra Fría.

Hablar de Ortega, es hablar de un enfermo que se ha encontrado con su propia sombra de dictador, de un esquizofrénico que mata estudiantes con el justificativo de que son agentes del imperialismo.

Sabemos lo que es el imperialismo, también sabemos quienes tienen las armas y disparan. Matan nicaragüenses, matan a sus hermanos, enarbolando el odio como respuesta a un proyecto fallido y ya desgastado.

Cada palabra, de cualquiera de los Ortega, es una ortiga en el cuerpo rebelde de un pueblo que reclama justicia y cambio. Revolucionarios del mundo han manifestado su repudio a las acciones violentas del tirano y su vicepresidenta. Ambos enfermos con un poder que creen que se los ha dado Dios. Una divinidad que seguro ya le ha cancelado su pasaje a la eternidad histórica digna, con un pasaje directamente al infierno.

Los hechos son más que evidentes. Asesinatos de rebeldes cuya rebeldía no es más que la reacción a una estructura de violación de derechos humanos en ese país.

Tantos fuimos los que levantamos la mano izquierda con orgullo. El sandinismo al fin había destrozado al somocismo, había hecho prevalecer la voz del pueblo frente a un tirano que solo hacía oídos a sus secuaces. ¿Y ahora? Este mequetrefe plantea que lo que tiene entre manos es una conspiración universal de odios de los imperios.

¿Acaso somos idiotas acaso somos capaces de tragar tal infamia?

El imperialismo existe, es verdad, incluso que se manifiesta con matanzas, pero cuando el pueblo sale a las calles, no se le puede asesinar a título de que, son los enemigos de la revolución. Si la revolución tiene detractores, es que la revolución está haciendo algo muy mal.

La lucha de la gente en las calles es respetable y ningún gobierno que se precie de representante del pueblo, los mata.

Los que matan, cuando tienen que proteger, son doblemente asesinos.