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El recuerdo más lejano que tengo de la capital oriental es de principios de los años 70, y tiene que ver con sus calles de tierra y unas pocas de ladrillo. Claro, venía de La Paz y no imaginaba que aquello que se utiliza para levantar paredes se use para construir un espacio para el paso de carretones y pocos autos. El de mis tíos era un Jeep de la Segunda Guerra Mundial. De esos verdes sin capota, por el calor.

Frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo, y yo, ese ocaso en que tía Nina y tío Willy me introdujeron en el dulce e incomparable sabor del caldo de caña de azúcar

A Santa Cruz llegaba todos los años. Era natural, ahí vivía y vive la hermana menor de mamá. Recuerdo que cosechaba mangas en la casa cercana a la plaza Blacutt, al lado de la de Julio Prado Montaño, cuya esposa era hermana de mi abuelo Hugo.

Luego, la Quinta –así la llamábamos– en el kilómetro seis, carretera al norte, lo que hoy sería el sexto anillo. Para llegar allí, había que tomar un vehículo de los que se dirigían a Montero y luego alguien de la familia te salía a buscar hasta la carretera y había que entrar dos kilómetros.

Lindos tiempos.

En Santa Cruz me refugié cuando sucedió el golpe de Luis García Meza, y no dejé nunca de venir, incluso en tiempos de intolerancia, cuando en la radio se escuchaban barbaridades como: “Los collas son cruce de llama con monolito” y “los collas son una raza maldita”.

Todo eso es pasado. Hoy me siento a mis anchas. Converso con moros y cristianos. Una sola vez, tres rubias de buen ver me increparon por lo que dije de una plataforma, pero, como diría mi amigo Coco, “son cosas del fútbol”.

He construido un canal de televisión en el Plan 3.000 porque estoy convencido de que la pujanza de los migrantes le está cambiando la cara a la capital oriental. La fuerza y el trabajo de los occidentales.

Y tengo amigos cambas de tradición y de elección, a quienes siento como hermanos.

Por eso y por atender mi trabajo vengo a estas tierras casi cada semana.

Me he enamorado de su clima y de las características de su gente.

Así que la invitación de EL DEBER para escribir cada 15 días me llegó como maná en tiempo de sequía.

Porque EL DEBER es el medio escrito más leído del país y es un espacio que busca ecuanimidad, parte y contraparte, ideas contrapuestas, que de eso se trata la opinión. Mirarnos en el espejo o -como Narciso, solo en las aguas- no construye.

Y se puede tener ideas disímiles y contrapuestas sin necesidad de insultar a la otra persona, sin necesidad de herir.

La revolución es una polémica, decía Trotsky, y a ella ingresamos desde estas páginas donde, de tarde en tarde, también hablaré de mi amor más grande: la literatura.

Bienvenidos, pues, a mis bitácoras del oriente, seré un privilegiado si me lee, mucho más si me escribe para comentarme lo que piensa. Y mi gratitud a quienes hicieron posible que cada 15 días esté a su lado.