Opinión

¿A qué le teme el MAS?

El Deber 24/7/2018 04:00

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¿A qué le teme el MAS? La respuesta es obvia, al cambio. La disputa en torno a las plataformas y la demanda de respeto al voto ciudadano ha desvelado los más profundos temores del oficialismo. Casi 13 años de gobierno lo han transformado en una organización política conservadora, le es imposible imaginar otro país, le teme profundamente a las fuerzas emergentes nucleadas en plataformas y colectivos, le asusta el futuro y sus miedos emergen no solo de una perspectiva equívoca, sino, y principalmente, del fallido intento de construir una nación sobre las bases de un racismo anacrónico, extraño a la naturaleza de la modernidad tecnológica y las fuerzas de la historia del capitalismo.

Frente a su proyecto comunitario se alza una generación cuyos horizontes van mucho más allá del provincianismo pachamamista. A las plataformas y los colectivos que tomaron las calles, la propuesta de volver a los orígenes que tan bien había diseñado Boaventura de Sousa Santos les ha resultado una versión contemporánea de las utopías de Moro; quimeras que intentan instalarse como ensoñaciones imposibles adversas al curso de la historia universal. 

Como se trata de generaciones marcadas por la globalización, su acción política funciona en otras claves. Las viejas polaridades izquierda/derecha, socialismo/neoliberalismo, mestizo/indígena no engrana en el ideario de un mundo hiperconectado. Frente a esto, el MAS se presenta  como una rémora del pasado, una reliquia de la sociedad premoderna.

Las fuerzas acantonadas en Palacio de Gobierno sufren las dolencias del ancien régime, las mismas dolencias que experimentaron los viejos monarcas del siglo XVIII cuyas cabezas rodaron bajo la guillotina de 1789 en Francia. Su tenaz negativa a aceptar que los tiempos han cambiado, que la dialéctica de su propio accionar los obliga a dar paso a las nuevas generaciones y mudar sus percepciones y narrativas los lleva irremediablemente a un final desastroso, típico, además, de aquellos caudillos que se creen insustituibles, como los reyes de la vieja Europa. Como los príncipes feudales. Tenía razón  Nietzsche: la historia siempre se repite, pero de otra manera.