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El candidato a la Presidencia de Brasil Jair Bolsonaro (PSL) ganó la primera vuelta con el 46% de los votos válidos, es decir 19 millones de votos más que el segundo candidato Fernando Haddad, del PT del expresidente Luis Ignacio Lula da Silva, que obtuvo el 29%. Bolsonaro ganó en todos los estados menos en el noreste. Ambos candidatos irán a una segunda vuelta este próximo 28 de octubre.

Independientemente de lo que pase en la segunda vuelta, no es insignificante lo que ha sucedido en Brasil, la nueva onda bolsonarista provocó una revolución en ese país. El antipetismo, el desgaste de los partidos tradicionales y la fuerza de los conservadores en el mundo explican el fenómeno que pone fin electoral al Foro de Sao Paulo. Lo que se vio en las urnas fue el reflejo de las encuestas donde Bolsonaro fue el líder; pasó buena parte de su campaña hospitalizado, fruto de un atentado en una presentación pública.

El electorado brasileño pasó su factura con un elevado costo político para el partido del expresidente Lula, quien purga una pena de 30 años en una celda de Curitiba, y porque sus principales líderes han sido ligados a tremendos casos de corrupción como el “mensalao”, el caso Petrobras y el conocido proceso judicial denominado “lava jato”, que estremeció a la ciudadanía que vio horrorizada cómo los políticos del PT eran acusados, juzgados y sentenciados.

El voto que durante más de una década benefició al PT de Lula, se esfumó, porque el pueblo se dio cuenta de que no sucedía nada con los supuestos representantes que hablaban según un libreto y nadie podía explicar las razones de los sucesivos fracasos y errores. Cuando esos líderes eran acusados de ladrones e incompetentes, todos callaban y eran perseguidos y denigrados. Bastaba reconocer errores y enmendarlos. Pero la soberbia, la corrupción y el poder hicieron que esos líderes que vendían ilusiones perdieran el rumbo y por suerte fracasaron.

Es de imaginar que la ciudadanía electora ha debido pensar: ya que vamos a seguir en esta miseria con los mismos políticos que siempre nos engañaron, vamos por lo menos a divertirnos, votemos por Bolsonaro. La ciudadanía se cansó, quiere refrescarse. Existe un voto al que no le gusta la corrupción, el abuso, el autoritarismo y la poca vergüenza, por eso es que la expresidenta Dilma Rousseff perdió la elección al Senado, se acabó su inmunidad y probablemente acompañe en prisión a Lula.

Ahora bien, el fenómeno Bolsonaro no es el fruto de la decadencia de la izquierda y el resurgimiento de la derecha, ese sería un falso debate. Lo que hay que aterrizar y leer bien es el voto castigo que ha recibido un partido que ha gobernado 18 años. No hay duda, el poder corrompe, por eso es buena la alternancia, el respeto a la Constitución y las leyes. Independientemente del resultado de la segunda vuelta, Brasil ha practicado la democracia con su voto.