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No siempre sale el sol. Muchas veces el gris se apodera de algunos días y no permite ver la luz. Eso lo saben muy bien Andrés Salvatierra Justiniano y Carlos Landívar Fuenzalida, dos bolivianos que sufrieron el látigo de la vida y encontraron la salida en el humor. Claro, no fue fácil.
Jamás se vieron. No eran amigos. Se conocieron en el taller de Chaplin Show y allí se forjaron como actores de teatro. Uno no sabía del otro. Y cuando se dieron cuenta ya habían creado una bonita amistad. Eso de ser humoristas no salió de la nada.

Andrés

Tenía 4 cuando su padre abrió la puerta del auto con un botín del banco. Andrés Salvatierra no sabía qué pasaba. Parecía un conejito asustado. Sus ojos inofensivos miraban cómo el conductor sudaba mientras apretaba el acelerador. No duró mucho el escape. Atraparon a su progenitor y se lo arrebataron de sus brazos. No lo vio por siete primaveras. Después, salió de la cárcel y se volvió alcohólico. Hoy, Andrés tiene 23. La mitad del cuerpo del hombre que le dio la vida sufre de parálisis y su madre se recupera de trastornos mentales.

Nunca vivió con ellos. Nunca supo de eso que llaman la familia perfecta. Se crió entre tíos y después con su abuelo paterno. La madrastra de su papá le pagó el taller de Chaplin. Pero siempre se sintió solo. Al comienzo le decían que la actuación era para “maricones” o para los que tenían “influencias”. Andrés nunca creyó en eso y pensaba que nada era producto de la suerte. Ya sanó. Considera que la vida le mostró su rostro más cruel para que tuviera un encuentro íntimo con el humor. Y así fue. En esta palabra encontró un refugio, una forma de vivir, de respirar. 

Carlos
Nació en un matrimonio ‘cortado’ y creció en la casa de su mamá. Fue su abuelo ‘Titito’ el que siempre lo aduló y lo apoyó en todas sus decisiones. Él quería que Carlos Landívar fuera médico, como él, pero no pudo convencerlo. Nunca.  
Carlos creció y quiso ser otro. Estudió una carrera con números y tuvo que dejarla porque su coqueteo siempre fue con la Comunicación. Hoy, tiene 22. Este es su último año en la universidad y ya será comunicador.  

Andrés & Carlos

En 2015 estudiaron actuación y en junio de 2017 fundaron Los Dukes, otro concepto humorístico. A ellos se plegó Nibel Ángel Zabala como camarógrafo.

Ahora ambos tienen una fan page en las redes sociales. Se hicieron conocidos por un video que se hizo viral en poco tiempo y lleva miles de visualizaciones.

Unas 40.000 personas los siguen en Facebook y no faltan aquellas que le lanzan piropos. Ellos dicen que no son ni famosos ni simpáticos. “Me miro al espejo y digo: ‘¡Hola guapo!’...”, dice Andrés y al ratingo añade: “Naa, es broma”. Carlos sí ‘se la cree’, porque la gente se lo dice. “Si nadie me lo diría (que es atractivo), no me lo creyera”, afirma.

En la realidad ellos son así, pintudos, simpáticos y dueños de un carisma interminable que ya rompió el cascarón de las redes sociales. Hace un mes sus astucias se pueden ver en la televisión, porque a la Red Uno le gustó su buena onda y los contrató para la revista El mañanero.

Eso no los eleva. Más por el contrario, quieren más. Siempre enfrentan a la sombra de la altanería y no se olvidan de dónde provienen. Sueñan con un programa propio. Tienen algo pensado, pero prefieren avanzar poco a poco y esperar el momento.

Andrés

Andrés se independizó a los 17. Tiene nueve tatuajes. Todos llevan un porqué. Se retrató a Charles Chaplin, Marilyn Monroe y al Chavo del Ocho (porque admira sus historias). También tiene un ancla en la mano, que simboliza esperanza, y a una estrella de David en la espalda.

En su cuello hay un fantasmita de Pac-Man, que es un llamado a enfrentar los líos. En su pecho hay rollos de cine y el nombre de su excorteja. Más abajo, en la pierna, el pato Lucas. Pronto se retratará a Jack Sparrow y a Heisenberg, de Breaking bad.

El tema pendiente es la ‘U’. Quiere estudiar sicología. Hubo un momento en que hizo de modelo y se desenvolvió muy bien gracias a su contextura delgada, su rostro y su estatura. Ahora solo una sabrosa propuesta lo haría volver a las pasarelas.

Carlos

Carlos está soltero igual que Andrés. Cree que en “el mercado de las mujeres” no hay ninguna que pueda atraparlo. “Tiene que ser una chica centrada, ubicada y tranquila. Y fiel”, dice, poniendo énfasis en la fidelidad. 

Él es el serio y Andrés, el descontraído. Él es el que le dice a su amigo: “Bajale a la cosa”, cuando ve que sus bromas están horadando la comodidad de alguien. Eso lo complementan. Sí ha habido discusiones y todas por chat. Al final, llegan a un acuerdo.

Carlos va al gimnasio todos los días y Andrés siempre acude, pero nunca llega a la puerta. Uno es orientista y el otro, bluminista. Uno mide 1,80 y el otro, 1,75. Uno es Stiven y el otro, Stifler, o ambos son cualquier cosa. En la vida real son solo Carlos & Andrés.
Son dos jóvenes que creen que los seres humanos debemos reír más y adoptar a la risa como un miembro del hogar. Eso es una forma de liberarse de los problemas cotidianos, de encontrarse a sí mismo, de despojarse de las culpas, de hallar a ‘otro yo’ producto de eso que llaman humor.