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Arileni Zabala tiembla de dolor. Morena y de cabellos ensortijados, esta sencilla mujer no ha podido aguantar lo que ha visto al volver a su casa ahora que el río bajó. Llora con su esposo, David Rojas.

Son un matrimonio, dos niños desconsolados diría cualquiera, que sufre porque la crecida más espectacular que se recuerde del río Acre los escupió a la calle. Su casa de madera del barrio Mapajo fue removida de su sitio a cinco metros y adentro, el lugar adónde pertenecían se ha perdido entre trozos de tablas hechos añicos y barro, mucho barro.

“¿Qué les voy a decir a mis hijos?”, se pregunta ella y su compañero solo atina a un descorazonado pedido en voz alta: “ojalá que Dios, que es mi única esperanza, ilumine a nuestras autoridades para que nos ayuden”. Tanto llora esta pareja que Jaqueline Bismarck, la vecina de enfrente, cuya casa se salvó, también se muere de la pena.

El Acre ya dejó los barrios de Cobija, pero adonde llegó todo tiene aspecto de funeral. Hombres y mujeres desconsolados porque sus casas, por lo menos en los barrios Mapajo e Ingavi, fueron arrancadas con violencia de bestia desde sus cimientos y quedaron en añicos. El pasado de un hogar no existe. A cambio hoy, donde ayer todo era río, hay una mazamorra maloliente, fuerte como carne podrida, hay basura y vecinos muy sencillos con el corazón roto.

El miércoles el agua superaba los techos y cables de alta tensión por aquí. Y se navegaba en deslizador motorizado con la naturalidad que tiene el desastre.

Dice el alcalde Carmelo Vargas que son unas 500 familias de los distritos uno y tres las que han perdido todo o casi todo y que son ellos los que deberán recibir los terrenos y casas nuevas que ha ordenado construir Evo Morales. Pero los vecinos de la avenida Chelio Luna Pizarro creen que son 1.000 o 1.500.

Por ahora, los evacuados espían su pasado. Se acercan a las calles como La Paz, donde un basural flota en el barro y los charcos, donde los mototaxistas eluden un bote que ya es historia antigua.

Orlando Cuéllar, un hombre fornido que luce la ‘verdeamarelha’ de la selección brasileña, suplica que vayan a ver su casa ubicada justo en la ribera del Acre. Con más de 60 años, Cuéllar y sus hijos han perdido sus casas. Y mientras medio mundo debe echar el lodo y desinfectar ese olor tan intenso del barro negro, él siente que el mundo se le acaba. Llora y llora y ahora ya no quiere que lo vean.

Acá, en una parte del barrio Mapajo, fácil hay más de 50 casas en astillas y calaminas retorcidas, entre motos y autos que ya no sirven porque fueron anegadas por 15 metros y medio de agua.

Para muestra el ejemplo de una vivienda de madera, arrancada de su sitio y que se salvó de perderse con el turbión porque coincidió con los troncos de dos palmeras que la anclaron. Ahora que todo está seco, al frente se ve Brasil, ya sin los millonarios barrancos artificiales que encargó el Gobierno de Dilma Rousseff, y en esta ribera, la extraña vista de una casa atorada entre dos árboles delgados.

En estos días, la Alcaldía y la Gobernación han desplegado equipos humanos encargados de limpiar. Porque, como en un velorio, se necesita desinfectar el lugar para que quienes viven no se enfermen. Vargas ordenó la fumigación de cuatro distritos y a un equipo de ocho personas levantar con maquinaria las palizadas, patentes en los barrios y hasta en el acceso al Puente de la Amistad.

José Araúz Oliveira, otro vecino de Mapajo con la casa solo manchada por el barro, se ha puesto manos a la obra. Lleno de lodo en todo el cuerpo lava y pule sus muebles hasta quitarles el barro. Quiere volver pronto.

Pese a todo, el alcalde cree que muchos buscarán volver a lo que queda de sus casas, adonde el río cada enero rondará como un traidor, listo para atacar por la espalda y en la madrugada