Opinión

Sordera ante la interpelación social

El Deber Hace 12/17/2017 11:01:00 AM

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Las reacciones surgidas ante las movilizaciones callejeras registradas este fin de año en el país, y particularmente en Santa Cruz de la Sierra, no solo demuestran cuán sordas están las cúpulas políticas que nos gobiernan, sino también cuán parecidas son estas y las otras que tienen bajo su mando la dirección y control de instituciones privadas, organizaciones sociales y sindicales. Casi todas ellas, con raras excepciones, han dejado en evidencia que padecen de un mal común: sordera. Pero no una sordera como la que sufre mucha gente, provocada por accidentes o problemas de salud, sino otra causada por la soberbia, un mal sentimiento que les hace creer que son superiores, en derechos y mando.

Soberbia y sordera caracterizan a la cúpula gubernamental desde hace una década en el ejercicio del poder. Nada está por encima de su ambición de perpetuarse en el mismo. Le ha ido muy bien hasta hoy debido no solo a la eficacia de sus estrategias envolventes, que han capturado la voluntad de millones de bolivianos, sino también gracias a la existencia de decenas de otras cúpulas con las que comparte rasgos comunes, como el de perpetuar su mando haciendo oídos sordos a las reivindicaciones e interpelaciones de la sociedad civil. Esto ha quedado más claro que nunca en las últimas semanas, cuando unas cúpulas y otras han superado los abismos que las separan, para igualarse en sordera y soberbia.

Tamaña tozudez ha terminado acelerando un proceso que irrumpe en el país de manera explosiva, y cuyo impacto aún no ha sido medido. Es un proceso que nace del caos y de lo que se ha dado en llamar resquebrajamiento social, ambos resultado de la progresiva y acelerada deslegitimación a la que están siendo sometidas las instituciones, sean públicas o privadas. En el nivel público, el ejemplo de mayor peso es el Gobierno a la cabeza de Morales Ayma: los niveles de popularidad, aceptación y respaldo ciudadano logrado en los primeros años de mandato han caído casi a la mitad, estancándose en un porcentaje que representa su voto duro. No está solo, pero es sin duda el más afectado.

A nivel local, algo similar ha pasado con las instituciones públicas y las organizaciones que hasta hace una década eran referentes de la representación ciudadana no partidaria. Han ido perdiendo legitimidad, generando a su vez caos y un resquebrajamiento social que ha alcanzado en estas dos últimas semanas uno de sus mayores picos, con movilizaciones de sectores que hasta hace poco estaban adormecidos: el de los jóvenes y el de las mujeres de la clase media. La interpelación ha sido dura, sin medias tintas y con riesgo de alcanzar niveles de violencia, por la misma razón que la anotada al inicio: sordera de los que están al mando de esas instituciones públicas y privadas, que no han encontrado otra manera de reaccionar que no sea con la descalificación de las interpelaciones sociales.

Sordera y discriminación, sordera y racismo, tanto desde la cúpula del Gobierno central, como desde las cúpulas de poder local, entre esas la cívica. Ninguna de ellas ha sido capaz de preguntarse por qué estos sectores han salido a las calles para interpelarlos, de dónde nace el clamor de cambio en uno y otro nivel de mando. No lo hacen porque no quieren verse obligados a reconocer que esa explosión de malestar y desacuerdo con lo que están haciendo unos y otros nace precisamente de los abusos en el ejercicio de los poderes que ostentan. Se resisten a aceptar que hay hoy en Bolivia una necesidad imperiosa: devolver a la sociedad civil cada uno de los espacios de participación confiscados por esas cúpulas, retornarle derechos conculcados y abstenerse de todo afán de perpetuarse en el poder. 

Nada. Prefieren nomás hacer oídos sordos a las interpelaciones sociales. Una apuesta que al final de cuentas no favorecerá ni a las cúpulas del poder central, ni a las de los poderes locales, y que solo servirá para profundizar la deslegitimación de las instituciones públicas y privadas. El resultado previsible es mayor caos, mayor resquebrajamiento social, mayor confrontación entre cúpulas y sociedad civil. Un escenario posible y de desenlace fatal, que solo podrá ser revertido si desde la misma sociedad surgen sujetos transformadores, conscientes y capaces de provocar un verdadero cambio, a través de una acción colectiva movida por objetivos comunes, claros y contundentes. ¿Será esto lo que se está gestando en Bolivia?