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Hablando de autoritarismo, es necesario señalar que este no es un atributo de la partida de caudillos que gobernaron Bolivia, sino un patrón originado en la Revolución Francesa, donde se propagó el nacionalismo como sistema político, expandiendo la violencia como monopolio legítimo del Estado, a través de un sistemático control de los ciudadanos; más de los que se oponían a ese orden, a quienes se les llamó antipatrias o extranjeros, limitados en sus derechos o aniquilados. Paradójicamente, la nación y sus lógicas de homogeneización y exclusión fueron simientes de otros males como racismo, despotismo, segregación, concentración del poder, entre otros. 

La democracia tiende a ser reducida al voto, a legitimar a los poderosos, a ejercer el control ideológico a través de la seducción de las mayorías; cuando no, por la fuerza. La fascinación de las ‘mayorías y sus caudillos’ es someter a las minorías. La tentación de las organizaciones políticas se vincula con el despotismo y la tiranía cooptando el poder para sí. La dictadura ha sido un elemento consustancial de las utopías políticas de derecha e izquierda, convertir la política en campo de batalla, no para alcanzar el bien común, sino para imponer sus ideas, por voto o sangre.

El populismo a nombre de las mayorías ha creado caudillos y razones para aniquilar a los otros a través del fascismo, socialismo o liberalismo, encubriendo generalmente su autoritarismo con formas democráticas, con el ‘pueblo al poder’ u ‘obedeciendo al pueblo’. Así se impusieron los jacobinos, Napoleón, Hitler, Mussolini, Stalin o el régimen macartista en Estados Unidos; los extremos se unen en todo tipo de gobierno: religioso o político (Hasan Rouhan, al Asad, Donald Trump, Mauricio Macri, Alberto Fujimori, Raúl Castro, Nicolás Maduro o Evo Morales). La fascinación por anular al otro no solo prospera en las instancias del Estado, también en la lucha sindical, religiosa y en la vida cotidiana; el estratega o caudillo es exactamente igual a un aniquilador de voluntades o de vidas, a un impostor de ideología y dogma. 

Esta obstinación convierte al ser humano en dogmático, ninguna idea sirve si no es la propia; este no es atributo del marxismo científico o de las religiones, es una forma de acción política encarnada en el imaginario social. Cuando la modernidad transformó al pueblo en guerreros de la política, se convirtió a este en ejército armado de fusiles o de votos, la guerra como argumento de la política, las ideas se convirtieron en subversión o corrupción. A nombre del pueblo, nación, patria, religión, cultura e identidad se cometieron los mayores genocidios, porque las estructuras políticas viabilizan sus ideologías más allá del límite de la razón, detonando la convivencia humana.  

Así se explican las dificultades que existen para encontrar sistemas democráticos fiables, ya que el colectivismo o la aristocracia usan el mismo recurso para imponerse: la aniquilación ideológica o humana, llámese dictadura del proletariado, revolución cultural o dictadura militar, monarquía o autocracia, estos esquemas de poder solo funcionan apoyados en regímenes de fuerza armada y/o enajenante. La obstinación por el control total –al estilo jacobino de marxistas o liberales– explicaría que las luchas políticas conducen a tomar la decisión final, reducir al distinto para impedir la supervivencia y propagación. 

La historia apunta a que la democracia sea una utopía, abortada en su origen, la griega por exclusivista, la moderna por imponer sus mayorías. Parece que en ningún proceso el poder político soporta la convivencia de ideas diferentes; este es el resultado: la política como argumento de la guerra y no de la felicidad.