"En Eritrea todo el mundo tiene miedo de todo el mundo. Nadie habla, ni siquiera con su madre o sus hermanos". Un refugiado eritreo cuenta por qué nadie quiere vivir en su país bajo una condición: "Si publicas mi nombre podrían matarme".

La ceguera internacional ante las atrocidades del régimen totalitario eritreo podría empezar a remitir con los trabajos de una comisión de investigación de la ONU, que ayer admitía que es un país "definido por la represión y el miedo".

Unos 5.000 eritreos huirán este mes empujados por temor a morir de hambre, a ser encerrados en una celda ignota o torturados, un miedo que aboca al éxodo masivo.

Se estima que en Eritrea viven 5,5 millones de personas, pero nadie lo sabe a ciencia cierta porque su Gobierno lleva años sin censar a la población. "Se ha pospuesto debido al conflicto de fronteras con Etiopía", asegura un informe del Fondo de Población de Naciones Unidas.

Esta disputa, que llevó a la guerra a ambos países entre 1998 y 2000, es el argumento que el líder de Eritrea desde su independencia, el dictador Isaías Afeworki, todavía esgrime hoy para justificar un "estado de excepción" permanente, sin elecciones ni derechos básicos.

Situada en los últimos puestos del mundo (el 177) en el índice de desarrollo de la ONU y en los primeros por el nivel de censura, la "Corea del Norte africana" ha forzado en la última década al exilio a 363.000 personas, que sueñan con alcanzar las costas europeas o de la Península del Sinaí.

La tragedia que dejan atrás merece el riesgo: "Todo el país vive como un esclavo. Ni siquiera los que tienen empleo ganan suficiente dinero como para alimentar o educar a sus hijos".

Así lo cuenta un periodista eritreo refugiado en Nairobi, uno de los pocos que se atreven a hablar de lo que ocurre dentro de la "cárcel más grande" del mundo.

Al nacer, el eritreo será arrojado en el 70 % de los casos a una vida de miseria y pasará hambre la mitad de las veces, según datos del Banco Mundial y Unicef.

Menos del 50 % podrá ir al colegio, mientras el resto trabajará la tierra yerma o en los negocios de sus familias, en el caso de que no haya sido expropiados por el Estado.

Ninguno pisará la universidad, porque la única que existía, en la capital, Asmara, cerró sus puertas hace una década tras unas protestas estudiantiles.

Al llegar a la pubertad, el eritreo se enfrentará a un dilema: hacer el servicio militar obligatorio, del que algunos jamás regresan a la vida civil, o fugarse.

"Cuando un niño llega a los 15 años, sea del sexo que sea, es el momento de huir antes de quedar atrapado en el servicio militar", declaran nacionales al observatorio International Crisis Group (ICG).

El eritreo morirá a menudo al intentar cruzar la frontera. Tenga 18 ó 6 años, dispararán a matarle, a no ser que haya pagado los 6.000 dólares que cuesta el "documento especial firmado por el presidente" que compra la libertad de los exiliados.

"Todo el mundo quiere dejar ese país porque no tienes ningún derecho, porque cualquiera puede quitarte la casa. Los únicos que no se plantean huir son los que tienen 80 ó 90 años. Porque no pueden", asegura el refugiado, de 47 años.

En la diáspora, el eritreo todavía debe sortear los tentáculos de un estado policial que dedica muchos recursos a la inteligencia. En ciudades como Nairobi, los compatriotas no pueden ser amigos: "¿Y si fuera un espía?", se pregunta el entrevistado.

El miedo que envenena a los eritreos alcanza a sus líderes, quienes temen -y "matan de forma sistemática"- a miembros de los únicos colectivos que podrían desafiar al Gobierno: una minoría de gente con educación, ricos y celebridades.

En el rincón de un café etíope, sorbiendo un zumo de frutas, el exiliado llora al país que lleva "en su corazón", pero sobre todo a quienes se han quedado allí: "El pueblo de Eritrea está sufriendo mucho, más que cualquier otro ser humano en el mundo".,

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