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Con muy pocas excepciones,  a quien está en el poder no le gustan las críticas, así sean valiosas para el desarrollo de la gestión pública, porque al parecer el poder viene acompañado de la soberbia mesiánica.  Por eso, el sector más atacado por los mecanismos del poder es la prensa, la no obsecuente, la conscientemente responsable del rol de servir de nexo entre la población y la administración del Estado en todos sus niveles y campos. A quienes ejercen el poder solo les interesan los medios en épocas electorales, cuando requieren de ese contacto con los electores  para ‘vender imagen’, para alcanzar popularidad, para capturar el voto. 

Es tan así que, ante la cerrazón de los canales públicos a las necesidades ciudadanas, los medios de comunicación se han convertido en la única vía accesible a donde  la gente recurra para la atención de sus problemas cotidianos.

Estas son razones básicas para defender la libertad de prensa, de expresión y de opinión, que en esencia son la defensa de los derechos individuales y colectivos de la población en todos sus estamentos y parte medular del sistema democrático. 

Sin embargo, cuando se habla de democracia, mucha gente la siente como un concepto ajeno, lejano a sus preocupaciones y solución de sus problemas, porque la manipulación politiquera ha devaluado el concepto para reducirlo a la esfera de los políticos o a la contienda electoral, precisamente con el propósito de distraernos de sus expresiones fundamentales.

Es así como los electoreros, los politiqueros, los burócratas, logran el objetivo de mantenerse encaramados en los espacios del poder por el mayor tiempo posible. Y, así también, van avanzando al punto de negar al propio origen de su situación, el voto de su pueblo, para enredarse más bien en el mundo de los intereses particulares. 

Sin embargo, como ya está registrado en nuestra historia remota y reciente,  traspasar los límites tolerables, excederse, abusar y atropellar va generando y acumulando un malestar creciente que, más temprano que tarde, termina por pasar del rechazo y condena silenciosa a las expresiones violentas con nefastos resultados para unos y otros.

Es hora de reflexionar, de volver por los cauces del respeto y la mesura que Bolivia merece, de recuperar la responsabilidad asumida ante la ley al jurar la posesión de un cargo público, abandonar la estulticia para reemplazarla por la cordura y el buen desempeño. 
 ¡Ya está bueno!