Escucha esta nota aquí

El exilio es el abandono forzoso o voluntario de la patria por motivos generalmente políticos. La Biblia narra el destierro del pueblo hebreo en Babilonia, por motivos de expiación religiosa, entre los años 585 y 537 a.C. como consecuencia de la toma de Jerusalén por el rey Nabucodonosor II. La tradición cristiana habla de la expulsión de Lucifer y de su cohorte maligna, los “ángeles caídos”, por desobedecer y rebelarse contra los mandatos de Dios. Otros célebres confinamientos fueron los del Cid Campeador, de Bolívar, de Napoleón, y más recientemente de grandes escritores como Julio Cortázar, Eduardo Galeano, Roa Bastos, Augusto Céspedes y Pedro Shimose. 

El mundo ha vivido con estupor las guerras más devastadoras. Ha sentido la represión en masa, el genocidio, el secuestro, los campos de concentración y la afrenta universal de los refugiados. En un piélago de ambiciones y de privilegios naufraga la voluntad política de unidad y concordia. Imperan en su lugar el chantaje del terror y la amenaza apocalíptica. Se busca así acallar el desarraigo brutal de la tierra y de la familia, por el expediente de la intimidación y del miedo.

Uno que otro quijote, en medio de la muchedumbre descreída y pusilánime, se atreve, a todo riesgo, a prestar voz y caución por la libertad y el derecho a la vida, a la dignidad y a la justicia.

En este cuadro sombrío emerge la pluma elegante y bizarra del empresario y comunicador cruceño Luis Soruco Barba, quien en su obra El exiliado viene a constituirse en una especie de sol radiante cuyos resplandores ayudan a disipar las sombras agoreras entre las que se debate nuestra cuestionada sociedad desde sus albores.       

El destierro es un desgarrón que no acaba de desgarrarse, una herida que no cicatriza, una puerta que parece abrirse y nunca se abre. El exiliado descubre con asombro, primero con dolor, después con ironía, que el tiempo no ha pasado impunemente. 

Luis Soruco Barba es, fundamentalmente, un pensador exquisito, un  periodista que se extasía contemplando las maravillas de la naturaleza, la belleza turbadora de las constelaciones y la potencia espiritual que subyace en el género humano.

Su obra describe su propia y estrujante experiencia, a través de una tercera persona, sin mengua de objetividad. En tono coloquial no solo descorre velos, ilustra, alecciona y orienta, sino que a la vez deleita.