Anoche se exhibió su filme en el ciclo de cine boliviano del Centro Boliviano Americano (CBA) y él estuvo presente dando una charla explicativa. Sol, piedra, agua estuvo en seis festivales internacionales mostrando la cara de Bolivia, pero evitando caer en la vieja práctica nacionalista o folclorista. Es que Diego Ernesto Revollo Endara (32) disfruta escarbar en los universos particulares. En este filme, optó por reflejar su intimidad autobiográfica.

Quien se concentra en su propia historia arriesga los recursos técnicos por las emociones

Sin duda hay películas bolivianas más arriesgadas que la mía en ese sentido, más ‘trasheras’, crudas. Para mí era importante como estudiante de cine manejar las puestas en escena, la fotografía, tener control sobre el cuadro. Sí es un riesgo combinar los diferentes lenguajes, también debo confiar en lo no predecible que construye parte de la película; sí es un riesgo, pero asumido. He tenido el feedback suficiente para darme cuenta de que hay personas que, entre comillas, entienden la película, se interesaron en el modo en que se hizo, y otras que se trasladan hasta sus propias memorias familiares. Es cuando ha detonado las propias películas de las personas.

¿Por qué es relevante llevar al cine una experiencia personal, como la disfuncionalidad familiar?

Es importante para mí desmarcarme de eso que se le atribuye al cine, ser una postal de un país, o ser una pancarta de una ideología o simplemente una copia trucha de Hollywood, y en eso andamos muy bien. Busco mostrar que todas las historias cuentan, hay muchos universos dentro de esto que se llama Bolivia. Soy consciente de que no es una película de público masivo, si hubiera buscado eso habría hecho otro tipo de cine. Este encuentra su público, sus festivales y sus ciclos. Hay gente que si quiere ver esto, sacar lo íntimo a la luz y eso es valioso en el sentido de que deberíamos ver cada vez más historias diferentes de lugares diferentes. Históricamente es como si el cine boliviano tuviera la misión de encontrar la identidad nacional, de esculpirla, es una opción, pero me parece que el cine es más que eso y Bolivia también. Los festivales más grandes están acuñando una imagen de lo que es Latinoamérica, las temáticas son recurrentes, migración, miseria, narcotráfico, violencia o lo indígena. La mía puede ser una película moderna, la historia de alguien que habita en este país y que no necesariamente está en una postal.

¿Te negás a que se homogenice la identidad nacional?

Agarrar lo pluricultural y tratar de homogeneizarlo es la mayor contradicción de este gobierno. ¿Es cierto que te inspiraste en un poema?

Si bien es autobiográfica, encontré eco en un poemario, Ciudad desde la altura, de Guillermo Bedregal García. Este poemario es una contemplación de La Paz, más que de la ciudad misma, de la naturaleza que la rodea. Sol, piedra, agua, grabada en súper 8, en high 8 y en digital, siempre con tres personajes, establece un diálogo entre la montaña, que es árida y seca, con el mar que es donde más agua hay, que anhelamos y no tenemos. Simbólicamente tiene algún tipo de pretensión de retratar esto del boliviano y de la falta que le hace el mar, la añoranza.

¿Es tu demanda marítima personal?

Es que no soy partidario de este nacionalismo que usa de bandera esta cuestión. No es una pancarta de ese nivel, pero era importante rescatar la sensación nacional como un vínculo con todos, por más de que en realidad esté siendo una película muy personal. Nací en Brasil, cerca del mar, había esa relación con un espíritu colectivo, para no hablar de nacionalismo.

Tu trabajo exacerba la ausencia femenina ¿Es importante que se vuelva presencia?

Totalmente. En ese sentido siempre se pregunta para qué público he hecho esta película. El primer espectador era mi núcleo familiar más cercano, mi madre, mi padre, mi hija, la madre de mi hija, de cosas que normalmente no se pueden decir en una conversación tomando café. Es como que no encuentras palabras. Siento que en mi caso hubo una ausencia de feminidad que se ha traducido en problemas que tengo para relacionarme con las mujeres, con mi propio lado femenino, sensible. Sin duda hay esa búsqueda.

¿Próxima película?

Aún no empiezo a filmar, es una historia paralela entre San Pablo y El Alto. Narra sobre dos hermanos metidos en el mundo del crimen y desvela que no hay buenos ni malos. Filmaré en 2019.