Opinión

¿Clase media decadente?

El Deber 18/1/2018 04:00

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“¿Por qué utilizan las palabras clase media como insulto?”, se preguntaba una joven en las redes sociales. Censurada por su pasividad y falta de compromiso social, ahora se la ningunea por protestar y tomar las calles y avenidas. 

Ocurre cuando el vicepresidente Álvaro García Linera le declara la guerra y califica su emergencia como una “asonada de sectores decadentes de la sociedad”, de colectivos ciudadanos, “satélites apolíticos” y conservadores que “despiertan rencores coloniales” hacia las clases populares que, gracias al Movimiento Al Socialismo (MAS), ocupan su mismo espacio. 

No es fácil definir el concepto de clase media. El marxismo le ha negado la condición de vanguardia revolucionaria de la lucha de clases, por no avenirse a la confrontación permanente concebida como el motor de la historia. Correspondería al ancho estrato ‘gris’ ubicado entre las élites con poder financiero o político y los sectores empobrecidos del proletariado asalariado o de miles de ‘cuentapropistas’ que sobreviven en condiciones de precaria informalidad. Se la visualiza como opuesta a lo popular. Para Carlos D. Mesa ha sido permanentemente vapuleada, siendo la gran protagonista y olvidada de este tiempo.

Al contrario que otros países vecinos, la clase media en Bolivia se constituyó tardíamente ganando presencia durante los últimos 25 años. Afortunadamente, tras 12 años de bonanza y en el contexto de la protesta social en defensa del voto ciudadano es necesario flexibilizar el enfoque teórico ciego a las mutaciones y dinámicas ciudadanas diversas observadas en el seno de la clase media. 

Llegó la hora de reconocer, sin complejos ni disfraces, su aporte en momentos constitutivos de nuestra historia. ¿Acaso no fueron personalidades de la clase media las que influyeron para consumar la caída del antiguo sistema político? El MAS se encargó de colocarlas como candidatas para seducir a este segmento del electorado, hoy contrario a la exacerbación de la autocracia y clientelismo que prohijó a Zapatas, por ejemplo. 
Tampoco me equivoco al reconocer que el conservadurismo autoritario de algunas bases corporativas del MAS es tan odioso como la nostalgia regresiva, con tufillo señorial de algunos sectores minoritarios opuestos a la reelección de Evo Morales. 

Quiero pensar que la Bolivia que reclama democracia y pluralismo no tiene espacio para extremos marcados por la intolerancia y que la clase media se vacunará contra el machacón discurso antipolítico contrario al disenso y al pluralismo democrático. La incitación vicepresidencial a la confrontación y el catastrófico mensaje de que sin Evo no hay futuro irritan. 

Hoy la clase media se imbrica con lo popular y en su seno se articula la diversidad de una generación nacida en democracia, resistente al abuso de los poderosos sin que hoy gravite, como antes, su victimización por su origen étnico o social, ni los dogmas estatistas ni liberales que nos entramparon el siglo XX.