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En su último año como presidente de Estados Unidos, Barack Obama, realizó esta semana un histórico viaje a Kenia, la tierra de sus orígenes, y a Etiopía, donde brindó un duro mensaje contra los líderes africanos que se perpetúan en el poder y contra los grupos extremistas musulmanes como Al Shabab, Boko Haram y el Estado Islámico que distorsionan el mensaje pacifista del islamismo.

En Kenia, Obama buscó eliminar viejas tensiones y reconciliarse con una de las mayores potencias africanas pero, sobre todo, con la tierra que vio nacer a su padre.

Desde que en 2008 Obama accedió a la Presidencia, la Casa Blanca había esquivado Kenia en sus escasas visitas al continente, algo que ha decepcionado a muchos kenianos, que lo consideran uno de los suyos y confiaban en que sus raíces africanas ayudarían a incluir al país entre sus prioridades.

La tensión que había distanciado a Obama del país africano durante sus siete años como jefe de Estado tenía una gran carga política, pero también personal.

El principal obstáculo que ha dificultado las relaciones bilaterales entre ambos países ha sido la imputación del presidente keniano, Uhuru Kenyatta, por la Corte Penal Internacional (CPI) por la muerte de miles de personas tras las elecciones de 2007, apuntan los analistas.

Pero más allá de las tensiones políticas, Obama ha evitado pisar el país del que era originario su padre para no alimentar las dudas sobre su nacionalidad con las que algunos de sus detractores han intentado truncar su carrera política