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En julio del año pasado, Pedro Granados escribió una reseña del libro Matar al negro, 33 cuentos breves, de Mario Guevara Paredes; Granados no solamente es un reconocido escritor y poeta peruano, también es un prestigioso columnista y crítico de literatura.

En el comentario sobre el libro de microcuentos de su paisano, Granados me cita como referencia en este género que está cobrando inusitada vigencia en todo el mundo. Cuando la leí estaba lejos de saber que Guevara me enviaría su libro junto a la revista Siete culebras, ambos publicados en Cusco, Perú.

Dice Granados que los cuentos breves de Guevara son: “Pericias por el vigilante, austero e inteligente ejercicio de la forma; obscenidades, por aquello de que se medita frente a las oquedades de una elocuente calavera. Rulfo, Onetti, Borges-Monterroso y un recóndito Vargas Llosa contribuyen al temple y condición moral de la bien afilada prosa de Guevara. Antes, quizá los huacos del arte precolombino y los lienzos de la escuela cusqueña por la poderosa propuesta visual de estas mismas viñetas. Y con esto advertimos también una muy particular afinidad con otro de sus contemporáneos, nos referimos al excelente narrador beniano Homero Carvalho Oliva (Bolivia, 1957). Ambos practican el estilo de la paulatina demolición; es decir, la del incauto lector”.

Un compatriota suyo, Fredy Roncalla, dice que envidia a los narradores, pues “les bastan unos párrafos para contar sus historias y meter al lector en su mundo. Suelen ejercer al máximo la economía del lenguaje. Pero en el último libro de Mario Guevara Matar al negro, la brevedad es el signo distintivo. Un caso límite es el cuento Destino, donde, cerca de la poesía, el texto entero dice: “No era nadie, pero había sido”.

Después de leer el libro de Guevara, les doy la razón a ambos reseñistas, porque posee todas las virtudes de un buen creador de microficciones: aprovecha las leyendas, los mitos, los clásicos de la literatura, del teatro, del cine, la religión, todo le sirve para comprometer al lector en una lectura intertextual, en la que están presentes la parodia, el aforismo, la fábula, la parábola, el epitafio y, por supuesto, el poema. Incluso el título es parte sustancial del texto, llegando a redondear la historia contada. En el minicuento no interesa tanto lo que se escribe como lo que no se escribe, importa mucho más lo que se deja de decir, lo que se sugiere, porque allí está el verdadero universo narrativo.