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Hace cuatro semanas que los yihadistas del Estado Islámico atacaron varios puntos de París y dejaron 137 muertos y más de 400 heridos. Desde entonces la vida de la capital francesa cambió drásticamente.

"Francia está en guerra", manifestó el presidente François Hollande tras los ataques y esa declaración se vive en las calles francesas, tomadas por militares y con una sensación permanente de miedo por posibles ataques.

En París hay militares que patrullan en las calles, guardias en las entradas de las tiendas, incluso en pastelerías y ópticas, viajeros que aparecen como sospechosos para los otros, sobresaltos por el ruido de una moto o de una sirena de bomberos.

Sin embargo y pese al estado de emergencia vigente hasta fines de febrero, las actividades profesionales se reanudan y también los entretenimientos y la vida cultural.

Menos turistas

La actividad turística en la región de París, incluyendo la capital, cayó un 24% en noviembre a causa de los atentados yihadistas, según el barómetro mensual del Comité Regional de Turismo en Francia.

La encuesta mensual, publicada este jueves, se efectuó sobre una muestra representativa de 450 profesionales del turismo (hoteles, restaurantes, residencias turísticas, albergues).

"Las clientelas francesa e internacional están en sensible baja respecto a noviembre de 2014, en particular los italianos, los japoneses y los brasileños", según el comité.

En los establecimiento de 3 a 5 estrellas, el 53% de los profesionales considera que su actividad en noviembre fue "mediana", mientras que en los hoteles "económicos", el 48% de los profesionales la estimó "mala".
Las perspectivas para diciembre y las fiestas de fin de año, un período en general muy activo, "no son alentadoras", añade el comité.

Cómo lo vive la gente

Estos son algunos testimonios parisinos que recoge la agencia AFP:

"Queremos demostrarles que somos más fuertes que ellos", dice Audrey Bily, gerente del bar "La Bonne Bière", uno de los establecimientos atacados, que volvió a abrir a principios de diciembre, fue el primero en hacerlo.

"Presto más atención a la gente que sube al metro con maletas", reconoce Pierre Bréard, ingeniero de 24 años que trabaja en la región parisina.

"Miro el vientre de la gente", afirma Aurélie Martin, maestra de 24 años que el 13 de noviembre salió del Estadio de Francia con las manos en alto a pedido de la policía, después del estallido de los cinturones explosivos de los yihadistas.

"No hay que ceder al miedo, hay que luchar" y "no vivir a medias", estima David, de 45 años, que prefiere no dar su apellido.