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Hace un siglo, el 2l de junio de 1918, se conoció el documento La Juventud Argentina de Córdoba a los hombres libres de Sudamérica, el que posteriormente constituiría la base de la reforma universitaria en América Latina. Postulaba la democratización del alma máter, exigiendo el derecho de los estudiantes a formar parte de un cogobierno paritario. Así aseguraban “… para el país una vergüenza menos y una libertad más”. 

Dicho desiderátum fue un verdadero remezón de la conciencia de mentes disconformes. Se trataba de una verdadera revolución porque no solo interpela al régimen universitario en su conjunto, sino también al propio Estado y a la misma sociedad. Como bien dicen, fue un acontecimiento emancipatorio, orientado hacia la justicia social y a subvertir los valores de una colectividad ‘perversa’. 

Debemos admitir que los planteos reformistas de entonces y sus consecuencias fueron propios de principios del siglo XX. Hoy, frente a nuevos desafíos, urge una hoja de ruta complementaria, que guíe al sistema educativo, acorde a los tiempos que vivimos, donde muchas cosas deben reformarse o reinventarse para responder de manera adecuada a los cambios sociales o a las nuevas tecnologías, que han generado diversos modos de comportamiento generacional, como la creatividad y la innovación. 

La economía del conocimiento implica un nuevo modelo de enseñanza en pleno siglo 21 que merece un profundo debate no solo de los estamentos universitarios, sino también de la misma sociedad. Hoy no basta el cogobierno docente-estudiantil ni la autonomía universitaria para alcanzar rasgos de excelencia. En este caso, los nuevos planteamientos no deberán ser de carácter reaccionario, como en el pasado, ni de amurallamiento, arguyendo estrictamente que la autonomía universitaria no compete a gente extraña emitir cualquier juicio de valor. Los tiempos modernos de interconectividad exigen una interrelación entre el Estado con su estamento nacional y gobiernos subnacionales, los empresarios y la propia academia (triple hélice). Frente a nuestro subdesarrollo, la coordinación interinstitucional es nuestra oportunidad y fortaleza. En las Jornadas Santa Cruz 2000 de 1986, ya se planteó aquello (Comité Departamental de Educación Superior). 

Habrá que articular diversos actores para desarrollar investigación, innovación y transferencia de tecnología, nuevos métodos de enseñanza, políticas públicas que aseguren financiamiento de diferentes proyectos, mayor capacitación para mejorar el conocimiento, transformar a estudiantes, docentes y profesionales en verdaderos talentos humanos, etc. Todo aquello redundará en menor pobreza y mayor bienestar. 
Una propuesta de convocar a un gran encuentro regional sería oportuna, primeramente para saber qué somos, qué tenemos y qué queremos ser. Entonces surgirán nuevas coyunturas, como sucedió con el manifiesto liminar de Córdoba. Si a ello añadimos que Santa Cruz de la Sierra ha sido declarada ciudad universitaria (Ley 697), cerraremos el círculo virtuoso, situándola a la vanguardia del conocimiento y la innovación. Dejemos de escondernos. Si el mundo y la región nos necesitan, nadie podría dar la espalda. Firmemos el nuevo manifiesto 2018.