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Entre las decenas de personas que se agolpan en el centro de la plaza Murillo para alimentar a las palomas, solo ella podría ser María. Chompa rosada, pantalón jean ajustado, rostro ancho y moreno, María no parece una madre, sino una niña asustada. Tiene los hombros encogidos y las manos juntas sobre su estómago abultado.

En su cartera hay un cuaderno alargado de color celeste y adornado con flores rosadas. Es el diario de su hija. En la segunda página, una letra redonda dibuja angustia: “Estoy desilusionada porque los policías no creen que he sido violada. Que soy una mentirosa, dice el ministro, y a los que me violaron les creen más que a mí; pero yo digo la verdad, se los juro que estoy diciendo la verdad, se los juro de rodillas. Pero mi madre me cree”.

Juanita, la hija de 14 años de María, escribe la verdad: su madre es la única que le cree. Ni la Policía ni el fiscal a cargo del caso dan fe de su historia.

María tiene nombre de virgen pero no se llama María. Tampoco su hija se llama Juanita. Fueron los nombres que la madre escogió para proteger la identidad de su niña la primera vez que su silueta apareció en una pantalla de televisión. Allí comenzó a contar lo que su hija le relató cuando la encontró en la orilla de la carretera entre La Paz y Trinidad.

Juanita dijo que tres hombres la sujetaron en la plaza Villarroel, la subieron a un auto y la trasladaron hasta Rurrenabaque, donde la explotaron sexualmente, donde la vendieron a quien pudiera pagar Bs 1.500 por unos minutos a solas con una adolescente.

Dijo que se escapó, que cayó a un río y que fue sacada del agua en Santa Anita del Maniqui, una comunidad perdida en medio del monte, cerca de San Borja. Esa historia -por más que haya cuatro personas detenidas- nadie la cree, solo María.

En el llano
Rurrenabaque es un pueblo donde los niños tienen los ojos grandes como la luna antes del amanecer.

En el centro, hay un hotel al frente de la oficina de la línea aérea y, detrás del mostrador de la recepción, hay un joven moreno, pequeño, risueño que duda de la historia de Juanita. “Qué va a ser. Dice que llegó con varias chicas, ¡mentira! Cuando alguno de los tres puteritos del pueblo tiene una chica nueva, todingos se enteran. Imagínese si son cinco las que llegan”, dice César.

Él gana unos Bs 1.500 por mes y aclara que ninguna trabajadora sexual cobra más de Bs 150 por ‘hacer cuarto’. “Acá, si es bonita, la loca consigue marido en menos de seis meses”, cuenta.

Hasta aquí llegó hace unas semanas Marco Antonio Vargas, el fiscal encargado del caso de Juanita. Hizo allanamientos, inspeccionó cada uno de los tres lenocinios que están en el barrio Guadalupe. Fue a los karaokes, discotecas y bares para gringos, pero no halló nada. “No hemos encontrado indicios de lo que denunció la víctima”, dice el fiscal.
Juanita contó que el local donde la recluyeron estaba a pocas cuadras de la plaza, que era un karaoke con una puerta que daba a un cuarto más grande donde había una barra americana y unos cuartos para atender a los clientes. Ninguno de los burdeles de Rurrenabaque es así. En Las Gaviotas hay un cuarto que sirve de antesala a un galpón grande con habitaciones al fondo donde viven las trabajadoras sexuales; pero no hay ni tubo ni lugares privados donde se pudiera haber recluido a un grupo de adolescentes contra su voluntad.

“No creo que haya pasado por acá”, dice Jesús, un paceño regordete que conduce un taxi prestado y presume de conocer la noche. Cuando estaciona en Redondo, advierte de que el ambiente es peor que en Las Gaviotas. Se trata de dos cuartos dentro de un cerco de madera, donde una pareja de jóvenes discuten bañados por una luz roja. “No hay atención. No han venido las chicas”, rezonga la mujer.

Desde que la Fiscalía llegó a investigar, la actividad en Guadalupe ha bajado bastante. Por eso, Gato Azul luce desierto. Es un cuarto alargado en el que tres mujeres de vejez prematura miran la novela de las nueve, mientras otras dormitan en una habitación contigua. Unos pedazos de satén brillante trepan por las paredes para disimular su desnudez. “Es un mal día para venir”, constata Jesús.

El taxista dice que en Rurre no hay ningún ‘servicio’ como el que relata Juanita. Lo más parecido era lo que ofrecía un colombiano moreno que trabajaba en el pueblo hasta hace dos meses. Por Bs 500 el colombiano alquilaba a una quinceañera, pero el taxista nunca vio ningún tubo en la casa del hombre moreno, que fue echado del pueblo luego de que su hijo moliera a palos a un viejo que se negó a pagar la cocaína que había inhalado.

La desesperación
El 19 de enero fue un día como cualquier otro para María. Estaba sentada en la caja de la pollería donde trabajaba y al final de la tarde tenía que llegar Juanita para acompañarla hasta el final del turno, pero no llegó. A medianoche, María se fue hasta la comisaría de la calle Sucre para sentar la denuncia. Registraron la desaparición y le pidieron que compre una tarjeta de Tigo de Bs 10 para facilitar el contacto entre ellos. Nunca la llamaron.

María no dejó de buscar. “Preguntaba por ella todo los días por las calles de La Paz. Me decían, ‘la hemos visto, estaba tomando con la Polaquita’. La he buscado en todas las discotecas de la Garita Lima, he caminado por los bares del Cementerio General, por las cantinas de la Alonso de Mendoza, por la ‘Següenca’ y nada. Si ella hubiese estado en La Paz, en toda su borrachera, hubiese venido a casa y yo la hubiera perdonado”, dice.

María tiene 37 años y, desde que cumplió 15, trajo siete hijos a este mundo. La menor de todas tiene dos años y el mayor, 22, pero él ya se independizó y casi ni la visita. Su esposo está recluido en la cárcel de Chonchocoro, condenado a 20 años de prisión por robo agravado y violación, y ella tiene que acomodar a seis de sus hijos y a su nieto recién nacido en dos cuartos que alquila por Bs 600 en la zona de Villa Fátima. Pero ni la pobreza ni el abandono la prepararon para aceptar que Juanita se había ido de la casa, menos por una borrachera. La había reteado tres días antes de su desaparición, pero todo se había arreglado.

El 16 de enero, Juanita no encontró mejor manera de festejar su cumpleaños 14 que bebiendo. “Le dije: ‘Por qué haces esto. Eres pequeñita aún, ya llegará el tiempo en que saldrás a bailar en las discotecas, pero ahora el cumpleaños es para que yo te traiga un pastel, para que te compre tu ropita o te lleve a ver una película al Megacenter’. Ella me pidió perdón y me prometió no beber más”, relata María.
La búsqueda se convirtió en angustia el 21 de febrero. Su marido le telefoneó agitado, gritando furioso desde su celda en Chonchocoro. Juanita había aparecido y lo había llamado. Le pasó un número de celular y ella llamó.

Escuchó una voz que le rogaba que vaya a rescatarla. “Estoy en La Embocada, me he escapado de Rurrenabaque, ven a buscarme, me van a volver a agarrar”, imploró la voz de Juanita.

María pidió ayuda. Telefoneó al suboficial Chuquimia, el policía asignado a su caso. “Estoy de franco. Este tiempo lo debo dedicar a mi familia. Si quiere, vaya usted a buscarla”, le respondió el uniformado. María agarró a su hijo de 11 años, fue a la Terminal de Minasa. Al amanecer domingo estaba en La Embocada, en Beni. Allí, sobre la carretera, apareció la figura alargada de su hija. “Estaba de una calza lila, de una polera negra escotadísima que dejaba ver sus pechos y una camisita anaranjada encima. Mi hijito corrió y la abrazó. Me gritaba, ‘es mi hermanita, mamá, es mi hermanita”, cuenta.

Tierra tsimane
A 20 kilómetros de donde María encontró a Juanita está Santa Anita del Maniqui. Para llegar allí hay que atravesar un curichi y abrir siete tranqueras de estancia. Es un caserío al que 42 familias de tsimanes llaman hogar.

“La Policía llegó y se llevaron a José, Raúl, Roberto y a Deysi, que estaba embarazada de ocho meses”, cuenta Marco Maldonado, el profesor del pueblo, sentado debajo de una chapapa. Dice que Juanita llegó a Yucumo el 29 de enero, con solo la ropa que tenía sobre el cuerpo, que se acercó a una mujer de la comunidad y le pidió ayuda, porque era huérfana. La mujer, Eulalia Carranza, se compadeció y se la llevó a la comunidad. Ahí dijo que se llamaba Marisol y que tenía 17 años. Pero luego, cuando intentó ingresar a la escuela, cambió su nombre a Valeria y aseguró que le tocaba cuarto de secundaria. Juanita tiene una hermana de 17 años que antes de quedar embarazada estaba en cuarto de secundaria. A Juanita, en realidad, le toca primero.

Lucinda Maito, una mujer flaca, joven, cuenta que Juanita se quedó todo el tiempo en la casa de Eulalia, la madre de Deysi, y que se encariñó tanto con la mujer que la comenzó a llamar ‘mamita’. “Ella le dio la ropa de sus hijas, porque no tenía nada, ni un papel. No sé de qué nos achacan ahora, si ella ha sido bien acogida”, añade.

El retorno
Cuando el taxi del rescate llegó a la Terminal de Minasa, en La Paz, Valeria esperaba a su madre con los Bs 500 que logró reunir después de vender un chifonier y una vitrina. Con eso pagaron el regreso.

María se fue directo a la Comisaría para exigir que se haga un operativo en Rurrenabaque, pero no fue atendida. Le pidieron un certificado forense que acredite la violación. En medio de los trámites, Juanita se tomó el vientre, gritó de dolor y se desmayó. María cargó a su hija a un taxi y la llevó hasta el hospital Arcoíris, donde un doctor constató la violación y descartó infecciones que puedan complicar su salud. Le diagnosticó estrés postraumático.

Cuando la historia de María llegó a la televisión, el Gobierno se movió. En dos días rebatieron Rurrenabaque y arrestaron a José, Raúl, Roberto y Deysi en Santa Anita. Según las indagaciones, Deysi, de 18 años, había conocido a Juanita en la Terminal de Minasa, el 19 de enero, cuando la hija de María trataba de vender un celular.

Según su declaración, sintió pena de la niña huérfana y se la llevó a vivir con ella a Santa Anita. En Beni, Juanita convivió con José, Raúl y Roberto, que ahora están presos por estupro. Deysi fue cautelada por traslado sin permiso de una menor.

La historia oficial no coincide ni con lo que cuenta Juanita ni con lo que dicen los indígenas a orillas del río Maniqui. “Hemos actuado con objetividad y ahora tenemos que comprobar nuestras imputaciones”, dice, solemne, el fiscal vargas.

María ha perdido su trabajo. Dice que la televisión mostró a Juanita como una mentirosa y a ella como una loca, y que ahora ocupa su tiempo en ir todos los días a la Fiscalía para asegurarse de que su caso no se olvide.

Está a punto de quedarse en la calle, porque debe dos meses de alquiler y la quieren desalojar. Más le preocupa la salud de su hija. “Tengo miedo de que el trauma sicológico le vuelva cuando sea grande. A su hermana le ha dicho que no quiere saber de los hombres, que son todos malos.

Cuando su hermanito se acerca y la quiere abrazar, ella le dice: ‘No me toques, no me abraces, me siento otra clase”. Mi hijita no está bien”, dice María, con su mano derecha apoyada sobre la página del diario donde su hija escribió que se siente sucia