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El 10 de marzo ya no será un día cualquiera sino que ocupará un lugar destacado en los anales de la historia del país. Será una fecha que difícilmente pasará desapercibida porque fue el día memorable del “banderazo”, cuando los bolivianos, exceptuando a los pro-chilenos, extendieron por aproximadamente 200 kilómetros, la bandera de la reivindicación marítima, y hubiera abarcado mayor distancia de no haber sido que faltó tela, como lo hicieran notar los campesinos, principales protagonistas.

Y junto con el banderazo se recordará al presidente Morales, que fue el de la feliz iniciativa, que complementa la de haber llevado -también por vez primera- la cuestión del mar a la consideración del Tribunal Internacional de La Haya, poniendo término a largas y estériles negociaciones bilaterales con Chile. El banderazo tuvo la virtud, y tal era el objetivo mayor, de lograr la unidad de los bolivianos en torno a una causa común. Las grandes marchas, que el MNR en el poder acostumbraba organizar en el Día del Mar, languidecen ante la trascendencia histórica del banderazo, pero también servirá para recordar que el 10 de marzo no faltaron los opositores que rehusaron ser parte de la unidad y optaron por la disidencia al minimizar el evento histórico debido a que podía generar réditos políticos al presidente, lo que no favorece las expectativas de la oposición que hace lo indecible por bajarle el perfil.

A raíz del banderazo, Chile se quedó patidifuso y obligado a guardar un prudente silencio institucional. En cambio, los que se pusieron a hablar hasta por los codos, prestando voz y caución, fueron los opositores. Menos mal que no llegaron al extremo de soliviantar a sus partidarios, concentrarlos en el atrio de la catedral o a los pies del monumento al Cristo y obligarlos a marchar contra el banderazo, que era lo mismo que marchar contra el presidente.

Lamentablemente para ellos, el pueblo tiene memoria y el día menos pensado les puede pasar la factura con los recargos de rigor, porque, una vez más, se complota contra los intereses nacionales. Y no se requiere mucho esfuerzo mental para deducir que siguen – peligrosamente – la  línea de los liberales entreguistas de la época suscribientes del tratado de 1904 y responsables de nuestra mediterraneidad. Pero, por más que no lo quieran reconocer o que les provoque fuertes cefaleas evidenciarlo, el banderazo fue una demostración elocuente de nuestro fervor cívico, necesario como apoyo moral para la delegación que habrá de ratificar ante La Haya las fundamentaciones de nuestro derecho al mar. Y si la justicia no es un enunciado lírico, más temprano que tarde, volveremos a la vecindad del mar, y es probable que nosotros vivamos para contarlo.