Este Mundial de Fútbol nos dejó muchas enseñanzas. Una de ellas fue entender que el otro siempre estará esperando a que te descuides un poco para meter un gol cualquier rato. Es así. En esta mediocridad binaria es así. En esta realidad polarizada, aquí y ahora, es así. De pronto el otro va y te pone una denuncia. Listo. Te arruinó. Y vos te defiendes. Claro. ¿Qué otra cosa podrías hacer? Ahora, cómo asumes tu defensa es otro cuento. Y si tienes posibilidades de defenderte, eso ya es ciencia ficción.

Pero volviendo al fútbol, analicemos la situación: equipo de once. Está bien. Suena democrático. Pero no dejan de ser ‘dos’ equipos. Uno contra otro. Ahora bien, ‘tú y el otro’ es un nivel demasiado instrumental como para provocar fisuras. Demasiado aburrido para una afición populista.

‘Tú y el otro’ en términos futboleros y/o políticos significa claramente ‘tú o el otro’. En este Mundial entendimos por qué a ciertos políticos les encanta el fútbol y no se pierden una inauguración de Mundial. Su lenguaje los delata: no dejan de mencionar al contrincante, a su falta de estrategia, a sus errores tácticos y, claro está, a sobredimensionar sus faltas. Se conocen a cabalidad su pasado.

“El enemigo” es el más elevado adjetivo, literariamente hablando, que suelen articular en un discurso. Pero la cancha que rayan dista mucho de ser reglamentaria. Porque entendieron, como en la FIFA, que las reglas las ponen ellos y que si no estás de acuerdo, ahí nomás te enseñan la roja y te mandan al banquillo, o más propiamente dicho: a la celda. De un ‘chutazo’. Porque el fútbol y la política son un gran negocio. Le duela a quien le duela. Y si la fiesta está sonada, no vas a permitir que entre un borracho a aguártela. Y menos si estás emborrachado de poder. Para eso está la Policía. Para sacar de la cancha al que quiera expresarse.

En eso, salvando las obvias diferencias, nos parecemos al partido de la final del Mundial. Pero esa realidad que nos absorbe desde la pantalla chica (porque no todos podemos asistir a reuniones bilaterales justo en época del Mundial) nos plantea otras analogías. Por ejemplo: aquí no hay jueces de línea. Aquí los jueces están todos alineados. Y sabemos de qué lado.

Aquí no hay ‘tiempo suplementario’. Aquí hubo ‘dos alargues’ antidemocráticos y un tercero que, según el VAR, fue un derecho humano. Aquí no necesitamos una Copa Mundial. Aquí por lo menos necesitamos unas cuatro cajas. Porque los problemas se solucionan entre copas y con guitarreadas de los Kjarkas. Aquí el campo de juego no se llena de multitudes efervescentes. Se llena de “movimientos sociales”. No es lo mismo, pero es peligrosamente igual.

Qué rápida fue la partida de las grandes estrellas brillando a contraluz. De los grandes nombres. Que fácil se desvía la atención del tema importante, poniendo un chisme por aquí, una historia tierna por allá, una interpretación antojadiza por acullá. El juego no ha terminado. Aquí, no ha terminado. Lo que pasa es que, en realidad, nos estamos acercando a nuestra propia semifinal y a algunos les cuesta aceptar lo que legalmente es evidente: que no clasificaron.