Escucha esta nota aquí

Raúl Adler Kavlin murió como vivió, en silencio y sin fatigar a nadie, en Santa Cruz de la Sierra, ciudad que hizo suya al verse obligado a salir de la altura paceña, donde nació, estudió de muchacho y heredó la principal industria tabacalera del país.
Con Raúl se entierra a una élite inigualable de migrantes, industriales y empresarios que marcaron el mejor momento del desarrollo tecnológico propiamente boliviano y la única esperanza de sustitución real de importaciones, desde la época de las guerras mundiales hasta el cambio de siglo.

Hace una centuria llegaban a Bolivia jóvenes profesionales, algunos con muy altas calificaciones en minería, industria, química, inventos varios, responsables del ingreso boliviano- sobre todo paceño, orureño y cochabambino- a la gran globalización de esos años. Alemanes, italianos y centroeuropeos (la migración japonesa fue diferente) trajeron iniciativas para fundar industrias que son emblemas nacionales y dan nombre propio a la cerveza, a los embutidos, a las pastas, a los panes, a los medicamentos, a los casimires.

A la familia Kavlin le debemos demasiados legados, entre ellos la mejor referencia al negocio de la fotografía con sello de calidad, ¿quién no conocía su laboratorio en los años setenta? También unieron su talento industrial y comercial a las experiencias locales en la industria del tabaco y consiguieron ser los mejores, los primeros y los que combinaron el mejor cigarrillo boliviano con los blend del primer mundo.

Un nuevo impulso lo dio la familia Adler, emparentada por matrimonio con los Kavlin. Más tarde el hijo, Raúl Adler Kavlin, sumó a la buena herencia de ese circuito agroindustrial mejores y más modernos sistemas de comercialización y consolidó las marcas nacionales e internacionales.

La industria que él dirigió da trabajo e ingresos frescos a decenas de campesinos en los valles mesotérmicos de Santa Cruz, a decenas de obreros en La Paz y a miles de comerciantes que venden Derby, Astoria, LM. Con los impuestos que paga se financian, en parte, los sistemas de educación superior. Conocí el manejo de esa factoría y comprendí cómo una empresa con justicia social, sentido de la equidad, remuneraciones justas pudo pasar décadas sin huelgas ni reclamos. ¡Esos son los beneficios del trabajo formal y protegido!
CITSA además compra todos los insumos que puede encontrar en el mercado boliviano, como papelería, cartones, celofanes.

Apoya innumerables actividades sociales y culturales, también deportivas como el taekwondo. Cuando la salud pública amenazó a la expansión de esa industria, Adler tuvo la habilidad de reinvertir las ganancias en nuevos rubros creando innumerables fuentes de trabajo en todo el país.
Alentó la venta de altísima calidad en el supermercado donde fue principal socio, organizó la plantación de arándanos en valles chapacos, intervino en seguros, importó productos hogareños. Logró dinamizar la experiencia boliviana en España, en Uruguay.

No aparecía en páginas sociales, ni lucía su dinero en su vida cotidiana. Por lo contrario, fue como todo rico honrado- un hombre sencillo, cordial, sin estridencias.

Durante décadas, los Cajías y los Adler compartimos el muro que dividía nuestros hogares en Sopocachi. A la amistad juvenil se unió la admiración madura por ese boliviano ejemplar y ese ser humano universal.