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Linda Cristal lloró toda la noche. A sus nueve meses es una de las evacuadas más chiquitas que hay en el coliseo Ernesto Nishikawa de Cobija. Frágil como es, enfermó de una diarrea galopante que la dejó deshidratada, sin aliento. No pudo dormir, tampoco Nágela Borges, brasileña, mamá de la niña boliviana y que tiene una cabaña de madera enlodada hasta el techo en el barrio Mapajo, a donde fue el sábado a hacer limpieza. Ambas se insolaron, expuestas a ese penetrante olor a carne podrida de la mazamorra.

No es para menos. Cuando el Acre golpeó como bestia más de 14 barrios de la capital de Pando, su crecida esparció el contenido de las rústicas letrinas de las casas abandonadas. Y ahora que el agua se fue, Cobija es territorio de focos de infección. Sobre todo la parte baja.

Por eso Linda Cristal y su mamá están enfermas y hacen fila para recibir atención en el puesto médico que se instaló en el coliseo, a manos de Víctor Choquetijlla, uno de los 170 médicos que la ministra de Salud, Ariana Campero, ha informado, se encuentran movilizados en cinco municipios de Pando: Bolpebra, Cobija, Porvenir, Filadelfia y San Lorenzo.

“Nos fuimos a limpiar la casa, a ver cómo estaba. Mais hay mucho barro. Como yo no tengo con quién dejar a la bebé, mais yo la llevé. Nos insolamos y a ella le dio diarrea. No había dónde ponerla ahí, yo la puse en la hamaquita y el olor estaba fuerte”, cuenta la apenada madre de Linda Cristal en entendible ‘portuñol’, mientras hace fila para ser atendida con la bebé.

“Anoche se han presentado algunos casos de problemas de muelas, gastrointestinales; asimismo, algunos hipertensos. También algunas heridas que se han hecho los pobladores al volver a sus casas. Lo que estoy viendo con frecuencia son enfermedades de piel, micosis, plantar (inflamación del pie) y heridas”, revela Choquetijlla, antes de retirarse del lugar.

De los 20 albergues habilitados para los refugiados, el Ernesto Nishikawa y el coliseo La Peta, del Parque Piñata, son dos de los más grandes. Aún así, en su interior, ambos lucen apretados y hacinados, donde un vecino ve al otro desde su colchón y viceversa. “Sí, hay hacinamiento acá, hay problemas de la piel, micosis. En este caso, porque están viviendo hacinados y son proclives a ‘reinfectarse’ entre sí, contagiarse evacuados”, explica Álvaro Quiroz, médico de la brigada municipal móvil que atiende en La Peta, hogar provisional de ancianas hipertensas y chicos con comezón.

Todo el cuerpo pica. Todo el que ha tenido contacto con el turbión, médicos y rescatistas incluidos, llevan escoriaciones en la piel como tatuajes del desastre de 2015. Comezón en la espalda, las piernas, los brazos. “Yo soy cardiaca y dependo de unas tabletas todo el tiempo. Ahora me siento muy fatigada, como si no pudiera respirar. Necesito un cardiólogo”, se queja María Montero, en el Ernesto Nishikawa. No hace calor, pero esta mujer robusta que supera los 50 años de edad suda y se abanica con un cuaderno chico.

Tampoco es para menos la presión moral. Este es un hecho generalizado. Muchos adultos, de hecho, han sufrido ataques de hipertensión y males del corazón por la angustia de ver sus casas, sus cosas y el trabajo de toda una vida bajo un ‘agua mala’, diría la escritora argentina Josefina Licitra.

Monseñor Sergio Gualberti, arzobispo coadjutor de Santa Cruz, pidió ayer solidarizarse con las víctimas de las inundaciones que azotan diversas regiones, en particular Pando y Beni, y pidió a las autoridades que implementen “soluciones definitivas a fin de que no se repitan esas desgracias”