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na pulsera azul se le soltó de la muñeca cuando el maremoto de fanáticas se acercó hacia él para, al menos, extenderle la mano o pedirle una selfie. Pronto logró recuperarla. Eso sucedió en Santa Cruz;?antes, en Monterrey (México), su hijo mayor le entregaba un par de manillas (las dos azules, su color favorito), para que lo recuerde siempre cuando esté fuera de casa. Y es por eso que no podía perderla.
Fuera de los flashes, René Guadalupe Esparza respira y aún no cree ser parte de Bronco, la banda mexicana que canta esta noche en el Tahuichi Aguilera, a las 21:00. Él sabe que no es fácil compartir el escenario con su papá, ‘Lupe’, para cantar Que no quede huella o cualquiera de los éxitos musicales. “Ni mis 1.86 m de altura me ayudan”, dice. Reconoce que ellos son grandes, en estatura y en el mundo artístico. El destino lo arrebató de sus actividades y tuvo que dejarse llevar inmediatamente, porque ‘Choche’ enfermó de forma repentina.

¿La cara bonita?
Durante ocho años, René y su hermano, José Adán, se hicieron llamar el dúo Trotamundos, pero cuando se integraron a Bronco se convirtieron en los potrillos. René, además, es conocido como ‘El Potro’ y ese apodo lo enorgullece mucho.
A sus 21 años se tatuó un caballo en la espalda y hace tres meses pagó por una figura maya en el brazo que lleva notas musicales, un micrófono y un bajo.
‘El Potro’ no cree ser realmente un potro. No cree ser la cara bonita del grupo ni tampoco le gusta la moda o la metrosexualidad. Se reserva algunos aspectos de su vida y apenas bromea: “Estoy casado en México, no en Bolivia”. Tampoco apunta a ser el líder de Bronco ni encarnar a un actor de telenovelas. “Nunca podría ser como mi padre”, enfatiza. Prefiere la tranquilidad y aportar con su talento a la banda.
Condena el machismo y, a pesar de que no es apasionado por el fútbol, le gusta disfrutar de todo un clásico regio, Tigres y Rayados.
Desde pequeño permaneció detrás de los escenarios, mientras su padre revolvía a millones de seguidores. Hace tres años salió a la luz y reconoce que aún es un poco tímido y temeroso de la fama. “Llegué para aportar al grupo”, subraya y sabe los precios que tenía que pagar, como el de dejar a su esposa y a sus tres hijos en casa.
‘Whatsappea’ con ellos todo el tiempo y cuando retorna a su hogar los aprovecha al máximo, va al cine o arregla los imanes sobre el refrigerador, esos que compra en cada ciudad que visita. También retoma la rutina en el Bronco Gym, un negocio que ya lleva 20 años de funcionamiento en Monterrey