Escucha esta nota aquí

Brasil lo estaba esperando, y apareció Neymar tras tres exhibiciones de poco brillo. Brasil lo necesitaba para empezar a dar mayor consistencia a su juego y recuperar el talante de equipo con argumentos ofensivos capaces de derribar cualquier muralla defensiva, factor clave para cualquier gesta futbolera.

Este Neymar, el que salió al campo contra México, fue un componente vital en función del juego colectivo, muy distinto a aquel que en la primera fase de la Copa del Mundo se encaprichaba en acciones individuales que entorpecían la labor ofensiva brasileña.

Esta vez fue él quien eclipsó a Coutinho, su talentoso compañero de ataque que tomó la posta como líder futbolístico cuando estaba empecinado en fingir faltas e intentar, infructuosamente, acciones individuales una y otra vez. Asumió su verdadero rol y se convirtió en el jugador desequilibrante que todo el mundo espera ver.

México, cuyo plan era cortar circuitos en el medio y controlar más la pelota que su rival para no estar sometido a su poderío ofensivo, aguantó media hora, pero no pudo ante el talento de este impredecible delantero, que generó zozobra cada vez que encaró hacia el arco contrario imponiendo su habilidad y velocidad.

El arquero Ochoa parecía imbatible hasta que Neymar desestabilizó a toda la defensa mexicana con una excepcional jugada en el borde del área grande. Habilitó de taco a Willian en el sector izquierdo y apareció por derecha, debajo del arco, para interceptar el centro picante de su compañero.
Después del golazo, Neymar le sirvió el segundo tanto a Firmino en una acción de contragolpe, ratificando que luce más al servicio del equipo que encaprichado en duelos personales inútiles.

Neymar acabó con las esperanzas mexicanas y fortaleció el espíritu brasileño, además dejó en claro que Brasil es un candidato en serio y México, un animador que aún tiene talla para aspirar a cosas mayores.