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Tan grande es la evidencia sobre la superioridad del mercado en la asignación de recursos, que la razón por la que el Gobierno mantiene un rol importante en la provisión de ciertos bienes y servicios solo puede deberse a la simple ignorancia económica u obstinación ideológica.

Los promotores del Estado benefactor alegan que el mercado no distribuye riqueza, lo cual es muy cierto ya que su función es la creación de esta. Asimismo, erróneamente concluyen que el Gobierno debe proveer los bienes y servicios que los pobres necesitan y que el mercado no otorga; un sofisma tan generalizado como poco cuestionado. Sin embargo, aunque la solidaridad privada sea insuficiente, no se justifica sacrificar la eficiencia del mercado por la burocracia, la falta de incentivos y el clientelismo del sector público.

El Estado no tiene por qué estar en el negocio de construir hospitales, universidades, contratar médicos, profesores, etc. No solo lo hace mal, sino que malgasta recursos en quienes no son los más pobres. Un claro ejemplo es el de la universidad pública, donde hay muchos que sin ser necesitados se benefician del acceso gratuito a la educación. De más está nombrar los bonos a la tercera edad, lactancia y otros, que son cobrados independientemente del nivel de ingresos del beneficiario. Este despilfarro de recursos se podría evitar fácilmente subsidiando la demanda y no la oferta de los servicios públicos. Finalmente, los detractores del mercado insisten en resaltar algunas de sus fallas, como los monopolios y externalidades negativas; sin embargo, deciden ignorar los mecanismos ampliamente conocidos para corregir dichas situaciones sin caer en el estatismo. La riqueza de naciones como Singapur, Hong Kong e Irlanda, que promueven el libre mercado, contrasta con la pobreza de Corea del Norte, Venezuela y Cuba, que ponen su confianza en el Estado. El verdadero dilema no es económico, sino valórico, entre un sistema que valora la libertad y generación de riqueza, donde algunos tienen más que otros, pero todos tienen lo suficiente, o un régimen motivado por la envidia, donde se quita a unos para dar a otros, aunque todos terminen igualmente pobres, a excepción de sus ricos gobernantes.