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La democracia es el gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo. Y como es imposible la democracia directa, adoptamos la democracia representativa, que se ejerce mediante elecciones limpias, fiables y competitivas. Sin embargo, elecciones con estas características no garantizan que haya democracia plena; es decir, la democracia no solo tiene que ver con la forma como se elige, sino también cómo se ejerce el poder político. En los Estados socialistas o comunistas también hay elecciones periódicas, y no son democráticos.

Todo esto sirve para recordar que el 10 de octubre de 1982, el pueblo reconquistó el sistema democrático y el mejor homenaje será puntualizar algunos de sus principios capitales. En este plano, el pluralismo, la democracia política, la crítica, entre otros atributos, resultan imprescindibles para construir cualquier otra forma de democracia, como la social, económica, etc. El “reino” de la libertad solo es posible en el sistema democrático.

Los países en los que se han alcanzado mejores niveles de vida, libertad, igualdad, bienestar y prosperidad son países democráticos. La democracia encarna valores sustanciales y universales, de modo que quien no crea en la igual dignidad básica de los seres humanos, difícilmente creerá en la democracia; es decir, quien no respeta la dignidad de las personas, no puede ser demócrata.

A estas alturas, pocos se atreven a discutir seriamente el principio de que el poder último de decisión en materia política corresponde al pueblo en su conjunto, y la democracia se ha convertido en una palabra honorable que todos invocan, aunque no la conciban ni la practiquen de la misma manera. En todo tiempo y lugar, la democracia significa que el pueblo tiene el legítimo derecho de aceptar o de rechazar a las personas que han de gobernarlos.

La democracia representativa tiene sus propias reglas, como el respeto a lo que decida la mayoría, siempre y cuando esa mayoría haya respetado las formas y los límites precisos que están previstos en la Constitución Política del Estado. La Ley Fundamental prevé, por ejemplo, la separación de poderes, el control, la fiscalización, la transparencia de la cosa pública. Igualmente prevé la alternabilidad en el ejercicio del poder; que el periodo presidencial es de 5 años y autoriza una sola reelección continua. El respeto a las minorías, la tolerancia política, el consenso, el diálogo, el debate democrático, la libertad de expresión, son imprescindibles para una verdadera convivencia democrática.

Por tanto, las movilizaciones nacionales tienen que ser una llamada de atención y constituyen un síntoma de que algo no está funcionando bien y los gobernantes deben tomar muy en cuenta, reflexionar y comenzar a buscar una respuesta satisfactoria al pueblo. No solo deben poner atención al reclamo ciudadano que está movilizado en las calles, sino fundamentalmente tienen que saber escuchar a esa mayoría silenciosa que se queda en su centro de confort, pero que tiene el poder de hacerse escuchar con el voto en las urnas.

El consentimiento de los gobernados es la fuente última de legitimación del poder y ese consentimiento o respaldo no se presume, sino que es verificable fehacientemente mediante elecciones limpias. Sin embargo, el Movimiento al Socialismo parece decidido a perforar la Constitución boliviana y los valores democráticos, con la única finalidad de eternizarse en el poder. En realidad ya intentaron hacerlo y el soberano (el pueblo) les dijo No en las urnas el 21 de febrero de 2016.

En cualquier caso, la democracia, como sistema de organización de la convivencia política, no se reduce solo a la legitimidad de origen, sino que a esa legitimidad de origen se suma la legitimación de ejercicio, porque la democracia es también una respuesta a la pregunta de “cómo” se gobierna y no solo de “quien” go bierna.

Los gobernantes siempre deben tener presente que en democracia las formas, los modos, los procedimientos, los ritos, los gestos, son tan importantes como los contenidos. En fin, la historia de la democracia está llena de pequeñas miserias humanas, de imperfecciones, de frustraciones, pero la historia del fascismo, del comunismo, de los totalitarismos es sencillamente un horror.