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“No puede ganar una guerra quien vive acumulando derrotas”, escribí en un tuit, refiriéndome al presidente, quien presumía de “golear” a quienes se oponían a él, porque alguien le hizo creer que su “proclamación” llevó más gente que la que se sumó al paro del 21-F en varios departamentos. 

Desde el 21-F el presidente perdió el referéndum (No a la reelección); la elección judicial (mayoría impresionante de nulos); debió dejar sin efecto, abrogar, el Código del Sistema Penal (la calle llena en contra); tiene bajas significativas en las encuestas (cayó al 22%); el Estado argentino lo puso contra las cuerdas por la pésima decisión de la joven ministra de oponerse a la reciprocidad con ese país en materia de atenciones gratuitas de salud a los respectivos connacionales, y eso le debe haber dejado una lección: cambias o te cambian (la calle obliga al poder a cambiar de actitud, lo que significa más derrota aún). Y así, de un día para otro, el Gobierno cambió.

En efecto, el vicepresidente que vociferaba contra las “clases medias decadentes”, en un par de declaraciones posteriores morigeró su discurso y terminó prácticamente “entendiendo que es necesario enamorar a las clases medias” (EL DEBER, declaración dirigida a la clase media directamente). Atrás quedaron las agresiones, todo comenzaba a cambiar.

Encontraron el ‘leit motiv’ del cambio, la causa que une al país, el tema marítimo. Para ello, hubo que pedirle a la población que ayude a establecer el ‘récord Guiness’ de la bandera más larga del mundo sobre la reivindicación marítima; una estupidez para un Estado. No obstante, la lógica dice que así sea de un metro, nadie más ha hecho una bandera de la reivindicación marítima, de manera que al ser la primera, debía ser reconocida. Se me antoja que no llamaron a los ‘medidores’, que no aceptarían sumar los metros dispersos y, si hubiera tal récord, no sería un Estado serio el que lo busque, pero, “él es así”.

Luego, comenzó a hacer propaganda de que el mar estaba cada vez más cerca y, luego nomás, invitó a los expresidentes de la República a acompañarlo a La Haya (atrás quedaron los derechistas, neoliberales, mentirosos y vendepatrias que, una semana antes eran objeto de su ‘historia particular’ de Twitter). Había que mostrarse ‘bueno’ y ese era el momento propicio. Los exmandatarios no podían negarse, no podían quedar al margen de ese ‘servicio patriótico’, de manera que fue un acierto publicitario.

Lo siguió el vicepresidente, Álvaro Marcelo, quien aseguró que Carlos D. Mesa desempeñaba un excelente papel de portavoz de la causa marítima. Lo tragicómico del asunto es que en diciembre de 2017 lo querían sacar u obligarlo renunciar porque no tuvieron el coraje de echarlo y, al menos desde un par de meses antes no había viajado a ningún lugar, no había hecho gestión, pero no importaba, lo que de verdad interesaba era mostrar un Gobierno de ‘buenos’, que “por la patria tenía amplitud”. Llegó a tanto que aseguró que La Haya podría obligar a Chile a negociar (la cercanía se cambió por la realidad jurídica; ¿por qué? Por “bueno”). 

Hasta mandaron detenido a Zvonko Matkovic a su casa a curarse, ¿tendrá que ver el “buenismo”?

Pero no fue todo, terminando esta semana, ‘él’ escribió: Agradezco a los hermanos expresidentes, excancilleres, autoridades y dirigentes que nos acompañarán en La Haya. Unidos, junto a nuestro pueblo, trabajaremos para lograr mar para Bolivia con soberanía”. ¡Vaya! De un rato para otro, los derechistas y ‘vendepatrias’ eran sus hermanos. Ahora la patria los ‘necesitaba juntos’, para lograr mar para Bolivia y, lógico, para recuperar esa mala imagen presidencial

Lo demás, es historia conocida. Ya vendrá la encuesta que, sin duda, elevará la alicaída imagen de Morales y comenzará el bombardeo de imágenes y de publicidad. ¡Qué casualidad! justo cuando la ONU aplaza a Bolivia por sus números en ‘coca y cocaína’, pero hoy el Gobierno no discute eso. Está en plan ‘bueno’, ya llegará el tiempo de volver a ser lo que es.