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Llegó el 1 de octubre con su turbión de sorpresas. Ni la mente más pesimista había calculado un fallo tan contundente contra la demanda boliviana. El escenario estaba armado para otro acto en La Haya con una presencia boliviana masiva y un solo funcionario chileno, como quien quiere verse liberado del bochorno de un resultado previsiblemente negativo.

La paradoja más irónica fue que buscamos solución a un problema de límites hurgando en los papeles, la historia y la geografía en pleno siglo XXI, cuando el mundo es más pequeño, cada vez nos necesitamos más entre todos y se hace imprescindible valorar las relaciones humanas.

Para los chilenos que viven en “el país más largo del mundo, con 4.329 Km de longitud, que equivalen a la décima parte de la circunferencia de la Tierra, y con una extensión de costas de más de 8.000 Km”, les resulta incomprensible nuestra demanda marítima, si repiten en sus textos que nosotros “renunciamos a ella voluntariamente por el Tratado de 1904”. Tampoco pueden comprender la emoción indescriptible que sentimos todos los bolivianos la primera vez que estamos frente al mar.

Pero no se trata solo de un tema histórico y sentimental. Hay economía de por medio. Y eso sí, los chilenos lo comprenden muy bien. Desde el lunes 1 de octubre los bolivianos debemos analizar el contenido de nuestras palabras y enfrentar un escenario de realidades más duras y complicadas. Nuestro excanciller Gustavo Fernández había definido el periodo inmediatamente anterior al lunes como el momento de mayor cohesión social en un momento de Paz y sin ninguna conflagración ni desastre y que tendríamos, si somos conscientes, que saber cuidarlo.

Ahora, hemos debido empezar a elaborar el duelo, como llaman los sicólogos al proceso de enfrentar una pérdida. Se requiere madurez y templanza y asumir que debiera ser un tiempo creativo y prudente para que el dolor no se vuelva crónico. Debemos tener claro que las lamentaciones y el compungimiento son humanos, pero no imprescindibles.

Hemos aprendido que una manifestación del duelo negativo en lo humano es buscar responsables de lo ocurrido, lejos de nosotros mismos. Otros son los culpables. O negar los acontecimientos para ajustarlos a nuestra necesidad e interés. “Nos engañaron”, “yo sabía que no funcionaría”... y así sucesivamente. En el espíritu colectivo puede generar protestas y llegar a tener ribetes farisaicos de rasgados de vestiduras. En lo político, se comprobará el grado de responsabilidad de los actores que condujeron a la derrota, con sus palabras y actitudes.

La situación no es menor si durante 5 años estuvimos con el mar en los titulares de arranque y funcionó como el mecanismo de cohesión social más eficaz para superar o forzar diferencias. Nadie podía marginarse de él bajo el riesgo de cargar el anatema de traidor a la patria y la historia nos traía a la memoria un insigne traidor por el mismo tema, Gabriel René Moreno. Además, la legítima aspiración boliviana de retornar al mar con soberanía había adquirido ciudadanía política.

Luego de asumido el volumen de la derrota, no puede tener otro nombre lo ocurrido, estamos obligados a volver a la realidad. Hasta aquí, el tema marítimo había tenido carácter de política de Estado y el Gobierno había guardado las formas para que así fuera, convocando a expresidentes y cancilleres.

El ingreso apresurado a un proceso electoral obligará, desde hoy, a medir los nuevos pasos.