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Me gustaría, en este tiempo en el que abundan los constructores de barreras y bloqueos, apoyar incondicionalmente el tendido de puentes no solo como la figura física emblemática de ciudades como Venecia, Londres o San Francisco, sino como la capacidad de tender puentes entre el pasado y el futuro, entre los jóvenes y los adultos, entre comunidades rurales y citadinas, entre los que se dicen de izquierda y los de derecha, entre los científicos y los literatos, entre la sociedad y la universidad, entre los creyentes y los agnósticos, entre los políticos y los ciudadanos, entre las mujeres y los hombres.

Más aún no es posible concebir la metrópoli cruceña sin puentes que la vinculen entre sí, pero además a la ciudad de Santa Cruz dándole la espalda a su río, es hora de posicionar la imagen de Santa Cruz de frente al río Piraí y es hora de pensar en términos metropolitanos y acometer la implementación del parque ecológico metropolitano, lo cual pasa por la construcción de puentes con los municipios aledaños, puesto que efectivamente la única conexión a través del puente actual tiende a colapsar.

Sin embargo, corresponde, parafraseando a Cortázar, recordar que el “amor de una sola orilla no me sirve de puente porque un puente no se sostiene de un solo lado...”, porque no basta el interés privado empresarial, ni la articulación de estos con los condominios del Urubó o con ciertos niveles de los tomadores de decisión, si no apostamos al bien común y ello solo será posible cuando miremos más allá de los intereses particulares y construyamos un proyecto colectivo metropolitano, integrador, de lucidez ciudadana y de honestidad social.

Asumir el bien común significa entender que el llamado cordón ecológico, ojalá futuro parque ecológico metropolitano que abarca alrededor de 1.500 hectáreas, es el principal pulmón que facilita la respiración de alrededor de dos millones de almas en la metrópoli cruceña, pero que además gracias a un par de defensivos construidos luego de la inundación del año 2003 y la conformación de la mal llamada área de inundación, más propiamente área de mitigación de inundaciones, podemos prever posibles tragedias como la de hace tres lustros.

Que el Urubó requiere ampliar su interconexión no hay duda y en este sentido se orienta la construcción de un puente gemelo al puente Mario Foianini, el cual está en fase de diseño y tendrá la misma capacidad de circulación del puente actual, convirtiéndose en una solución inmediata para la zona residencial del municipio de Porongo.

Sin embargo, pretender un tercer y un cuarto puente hacia esta zona, es no solo poner los intereses particulares por encima del interés común, sino poner en riesgo la vida de los habitantes de nuestra ciudad en sentido literal, pero también en el sentido de la vida cotidiana, al convertir la zona oeste del cuarto anillo en prácticamente intransitable por la saturación vehicular.

Parece que el sentido de equidad aconseja que además del actual puente gemelo en construcción, antes que otros puentes paralelos a este en la misma zona, se priorice la interconexión que favorezca a las más de 40 comunidades rurales de Porongo y que les permita comercializar su producción hacia el mercado mayorista ubicado a la altura del sexto anillo y la doble vía a La Guardia.

En síntesis, la interconexión en el marco de una mirada metropolitana, traducida en los innumerables puentes que reclaman su construcción, es indiscutiblemente la política pública del momento, la cual solo es posible cuando los puentes tienen un sostén incluyente y de preservación de la vida actual y de las generaciones futuras.