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Todos somos conscientes de que la convocatoria del domingo pasado se trataba de elegir a los magistrados del Órgano de Justicia. Veníamos de la experiencia del 2011, que dejó sabor a poco y a confusión. Pero como en política no es el resultado legal lo único que cuenta, tengo algunos apuntes.

Primero, que el trabajo del Órgano Electoral Plurinacional fue impecable, antes de la elección (esforzándose por difundir el modo de votación, las atribuciones de los tribunales, los méritos de candidatas y candidatos, aunque muchos se esforzarán a su vez por no enterarse de nada), y también durante la jornada electoral. 

Por primera vez tuvimos resultados oficiales al 80%, el mismo día de la votación. A pesar de los esfuerzos alarmistas por generar desconfianza respecto de la neutralidad política del OEP, el domingo no sucedió ni de cerca el fraude masivo que la oposición partidaria, relamiéndose de gusto, esperaba.

El Tribunal Supremo Electoral ha sabido construir, en los últimos años, capacidad técnica, legitimidad y credibilidad. Es un logro que se agranda todavía más si lo comparamos con la nula legitimidad y eficiencia de tantas instituciones. Un TSE confiable es un oasis de esperanza.
En segundo lugar, la cantidad de votos nulos y blancos son la expresión de algo que va más allá de saber cómo votar y de saber por quién votar. No podemos mirar a otro lado cuando de todas las personas que participaron, menos del 34% decide emitir un voto válido. 

El fallo del TCP respecto a los derechos políticos del presidente exacerbó los ánimos y potenció la corriente que se opone a su repostulación. Pero más allá de quién encabece la fórmula electoral del MAS de aquí a dos años, los resultados del domingo son una oportunidad luminosa para revisar la gestión gubernamental y las respuestas institucionales que se están dando a los problemas de esta nueva Bolivia que no terminamos de reconocer. Y más allá: ¿quién ejerce la vanguardia de nuestro proceso? ¿cómo se renueva y fortalece lo colectivo, que no es tan orgánico?

En tercer lugar, así como ningún partido político estaba compitiendo por sus candidatos, así tampoco ningún partido puede arrogarse ninguna victoria. Ojalá la oposición partidaria no repita aquel error de ver lo que quiere ver, y ojalá que todas las estructuras partidarias se sacudan el letargo y la ceguera, para reconocer que cada vez convencen menos, porque la política les rebasa cada vez más.