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Pelearse con las tendencias migratorias hacia las ciudades resulta complicado porque no valen los enojos, ni pretender asesinar al mensajero.
Compartimos desde hace algún tiempo los datos que arrojan nuestras investigaciones y parece que todavía no estamos en condiciones de aceptar lo que las proyecciones nos interpelan. Repetir que en el Censo de Población y Vivienda del 2032 tendremos una población urbana del 90% parece tan lejano que nos resistimos a pensar lo que eso significará.

Para liberar las preocupaciones innecesarias, repito que el área conurbada del Distrito Federal mexicano tiene hoy 22 millones de habitantes, el doble matemático de nuestra población actual; y que en el Uruguay del 2018, el 95% de su población ya vive en ciudades. Entre ambos datos encontramos una suma de experiencias y de respuestas absolutamente a todos los temas que pueden requerirse para nuestras necesidades. Un trabajo inteligente de innovación y ajuste y no tendríamos necesidad de angustiarnos más de lo necesario.

Sigamos con los datos útiles. Bolivia no tendrá nunca una megaciudad, pues para que ello ocurra, toda la población del país tendría que vivir en un solo sitio, situación que racionalmente no se dará. El Salvador, por ejemplo, con sus seis y medio millones de habitantes viviendo en 21.041 km2, arroja 300 habitantes por km2; si planteáramos el absurdo que los 11 millones de habitantes de Bolivia se trasladaran a vivir al departamento de Santa Cruz, tendríamos una cifra holgada de solo 30 habitantes por km2, que con una organización mínima no tendría que generar ninguna dificultad. España en este momento tiene 92 habitantes por km2.

Planteado en esos términos, donde sí debiéramos estar poniéndole atención es en qué haremos en 2032 con 1 millón de km2, técnicamente sin habitantes, cuando ya en este momento estamos importando los dos últimos años, 1.100 millones de dólares de productos básicos de la tierra.

Bolivia, de sus 339 gobiernos locales, tiene 256 municipios con población menor a 20.000 habitantes, sometidos a una presión migratoria que no podrá revertirse. Oruro, de 35 municipios, 27 poseen una población menor a 10.000 habitantes y ocho de las 10 provincias de Chuquisaca ya tienen crecimiento negativo, es decir, están perdiendo población irremisiblemente.

A los pasivos que Bolivia tiene en capacidad de gestión pública, a la geografía tan hermosamente diversa como complicada a la hora de las distancias y topografía, a la tendencia migratoria que narro y a la fuga de talentos de las zonas rurales, existe un pasivo en infraestructura de costos altísimos. No tenemos los recursos para dotar de todos los servicios a la población donde está viviendo. Esta realidad es una de las razones por la que la gente que vive sacrificadamente en las áreas rurales carece de los incentivos que tenemos en las ciudades. Desde los reales hasta los imaginarios.

Nuestra estructura mental, política e ideológica repite que somos un estado ‘originario indígena campesino’. Una de las paradojas más complicadas que deberá resolver el presidente Morales cuando termine su mandato será que tendrá que aceptar la realidad de dejar un país urbano, totalmente distinto a su voluntad y a sus propuestas.

Ahí están los datos.

Resolver la ecuación urbana con todas sus variables no debiera ser preocupación solamente del Gobierno central, aunque es él quien contra toda lógica no la reconoce de manera consistente. 

Abrir el debate de lo urbano para encontrar un equilibrio con la denominada ‘nueva ruralidad’ debiera ser uno de los puntos fundamentales de nuestra agenda. Estamos a tiempo.