Opinión

La deriva totalitaria

Hace 12/19/2017 10:38:00 AM

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Son cada vez más las voces, dentro y fuera del país, que advierten del camino al totalitarismo que transita Bolivia. Así, la Iglesia católica, en un inusual pronunciamiento, ha aseverado: “…se han roto principios democráticos básicos: el respeto a las leyes, a la institucionalidad y a la separación de los poderes del Estado, lo que abre el camino al totalitarismo y al dominio del más fuerte, con el consiguiente menoscabo de la libertad del pueblo”.  

Si se entiende por totalitarismo un régimen político que cercena la libertad, que acumula todo el poder del Estado, dirigido por un partido político que pretende ser o se comporta en la práctica como partido único y se funde con las instituciones del Estado, se puede decir, en efecto, que hay muchos hechos que soportan la sensación de que sobre Bolivia se cierne el peligro del totalitarismo. 

Las evidencias más obvias tienen que ver con la idea totalitaria de justicia (Karl Popper). Es visible, así, la propensión de nuestros gobernantes a identificar la justicia con la noción del gobierno de una clase, de un grupo social (los ‘movimientos sociales’), de un partido, de un líder, que se mira a sí mismo como predestinado a gobernar. Esto, claro está, es la negación del principio republicano de igualdad de los ciudadanos ante la ley y, por tanto, del concepto de justicia como opuesto a los fueros de privilegio, como autonomía e imparcialidad de los tribunales; lo que es lo distintivo del Estado de derecho, en el que la rama judicial ejerce control sobre la función ejecutiva, e impide el poder concentrado, discrecional y contrario a la ley.    

Desde la perspectiva totalitaria, la justicia se ve como propiedad del Estado, y no como un aspecto de la libertad individual y un componente básico de las relaciones entre personas y de ellas con el Estado. Y de ahí también que les parezca natural la aspiración al poder total y perpetuo, tanto como el designio de que el sistema judicial sirva a su mantenimiento y reproducción o que el desempeño de los jueces y fiscales deba medirse, ante todo, por su sumisión al círculo gobernante. 

Se trata, por ello, de una visión antidemocrática de la justicia. Como en realidad lo es toda la concepción del Estado y de la política de los hombres del MAS. Esto al margen de otros motivos -el deseo de impunidad; por ejemplo. La consecuencia, por cierto, es la vuelta a la sociedad tribal y jerárquica, donde unos tienen el “derecho” de mandar y los demás de obedecer. Ironías de la vida: el partido que hizo de la lucha contra los privilegios, la denuncia de una estructura social segregadora y de un sistema partidocrático (de minorías excluyentes), su razón de ser, inopinadamente, es el mismo partido que ahora mismo busca recrear un sistema de poder regido por un nueva casta gobernante, una oligarquía arrogante de tez morena (aunque no toda ella), que reserva para su jefe supremo nada menos que el trono vitalicio.  

No debe extrañar entonces que un régimen político, que se confunde con un sistema de privilegios (lo contrario a la idea igualdad y justicia social), se reconvierta en un régimen de fuerza, mientras se vacía de legitimidad democrática. Hay pues razones para temer una deriva totalitaria en Bolivia, y ya no únicamente entre los nacionales. Lo cierto es que la situación boliviana emerge como un problema político para la comunidad internacional; un cambio trascendente de la nueva coyuntura.