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Después de su arribo sorpresivo de Brasil, donde permaneció refugiado durante casi cinco años, el exjuez Luis Tapia Pachi cree que su vida está volviendo a la normalidad al lado de su familia, que es lo más importante para él. Debido al tiempo que pasó fuera del país, sus documentos personales caducaron, por lo que en estos días se dio a la tarea de renovar su carné, su licencia de conducir y su certificado de nacimiento.

La rutina de vivir solo y lejos de su familia ya cambió, ahora comparte con su familia en su casa y después de Carnaval dice que empezará a trabajar en el ejercicio libre de la abogacía. Su esposa, Érika Oroza, fue hasta Corumbá para acompañarlo en su retorno al país en un bus de servicio público. Oroza afirma que su esposo prefiere no comentar el sufrimiento que pasó estando en el exterior. “Él, por no preocupar a la familia y por amor propio, prefiere callar, pero ha sufrido mucho”, dice la mujer, que sabe que su marido estuvo enfermo, que debía cocinar, lavar su ropa y que muchas veces no lograba dormir.

¿Es verdad que piensa incursionar en la política?
No me mueve incursionar en la política. Para mí primero está mi familia, por eso decidí volver a mi tierra. Durante mi refugio en Brasil, Dios, mi esposa, mis hijos y toda mi familia fueron fieles, nunca me abandonaron.

Los demás me dieron la espalda, las autoridades judiciales, quienes pensé que eran mis amigos, no me apoyaron en mi lucha por la justicia.

Me decían que no hay mal que dure 100 años ni cuerpo que lo resista.

Comprendí que yo tampoco viviré 100 años para esperar y por eso salí del país, pero luego decidí volver porque además soy inocente, jamás cometí delito alguno. Soy de la idea de que cuando se rompe una pieza del cuerpo, ya sea un brazo o lo que sea, ya nunca es igual, siempre queda una fisura. No quise una familia desintegrada, por eso volví. No tengo ningún interés en la política, esos son chismes de cocina.

¿Cómo fue su salida de Bolivia y adónde llegó?
Cuando dejé a mi familia, en junio de 2010, decidí partir por tierra hasta Corumbá. Llegué y me alojé en el hotel Victoria, me presenté ante las autoridades, solicité asilo y de inmediato me fijaron hora para mis declaraciones. Me atendieron rápido porque mi pedido era diferente, ellos se sorprendieron porque era la primera vez que un magistrado pedía refugio. Sabían de políticos, pero no de magistrados, y por eso se sorprendieron. Personeros de la Comisión ?Nacional de Refugiados (Conare) y representantes de las Naciones Unidas actuaron rápido y la Policía Federal empezó a resguardarme.

Me dieron el protocolo, o sea tres meses de estadía, mientras se tramitaba mi refugio definitivo. A partir de ahí nadie podía tocarme, estaba protegido.

Salí del país cuando el Gobierno, a través del ministro de Gobierno, atentó contra mi vida. Me perseguían los de Inteligencia y la Utarc.

Querían que me someta al poder para atacar a ciudadanos. No me iba a someter porque jamás lo hice ni lo haré ante ningún Gobierno. Yo solo me someto a la ley, y nada más. Sé que cuando un magistrado no se somete a la ley la gente queda desprotegida. Antes de salir del país protestaba porque los jueces eran puestos a dedo. Todos tienen derecho a ser jueces, pero correctamente. Ahora el Gobierno me dio la razón poque tilda a la justicia como la peor, y entonces en quién vamos a confiar

¿Cómo fue su estadía en Brasil?
Tuve la bendición de Dios que era abogado y recibí bastante ayuda de los juristas, jueces, fiscales, incluso de la misma Policía Federal.
Antes de recibir mi protocolo se presentó una emergencia, los organismos de seguridad recibieron una información de que yo estaba a punto de ser secuestrado y la Policía Federal de inmediato me protegió, fui trasladado de Corumbá a Campo Grande. Supe que era una comisión del Gobierno de Bolivia a la cabeza del exfiscal Marcelo Soza que quería secuestrarme para detenerme y llevarme a La Paz para procesarme.

Después de Campo Grande estuve en San Pablo, en Brasilia. Siempre tuve contacto con periodistas de Brasil, me ayudaron mucho. La revista Veja me hizo un reportaje. Esos periodistas son duros, pero responsables, se quedaron sorprendidos por mi historia.

De Brasil no me puedo quejar porque me respetaron todos mis derechos.

Lo que me sorprendió de sus leyes es que si le niegan el refugio a una persona, también le buscan un país para enviarlo, menos al país de origen, a no ser que la persona esté siendo buscada por delitos de lesa humanidad. La vida de un refugiado es dura, he visto a muchos, no solo bolivianos. Es triste ver a compatriotas dormir en hamacas, bajo árboles y en corredores. A veces hay que trabajar en lo que no se está acostumbrado. Muchos no tenían qué comer. Yo viví en casas, no eran palacetes pero pude sobrevivir.