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Mario Bellatin es considerado uno de los escritores más originales de la literatura latinoamericana actual. Con una treintena de libros publicados Bellatin, de 55 años, llega a Bolivia gracias a su novela Flores, que acaba de ser editada en nuestro país por Perra Gráfica Taller, y que en esta ocasión cuenta con ilustraciones de la artista Paola Guardia.

Bellatin, mexicano de nacimiento, vivió desde sus cuatro años en Perú, donde publicó su primer libro, Mujeres de sal, en 1986. También trabaja con la fotografía, el arte y la cinematografía (“No los aprecio como tres campos, sino como parte del todo que es la creación. La literatura como una creación artística más”, explicó). Los cien mil libros de Mario Bellatin es un proyecto consistente en la edición de cien libros suyos en formato mínimo y con una tirada de 1.000 ejemplares cada uno que venderá por su cuenta.

¿Fue difícil desligarse de la tradición literaria mexicana (latinoamericana) cuando empezó a escribir?
Muy difícil. No tanto de la mexicana en particular, porque yo comencé a escribir en Perú, sino del velo que caía sobre la escritura latinoamericana, que en el momento en que comencé a escribir se había situado de algún modo en el lugar de las respuestas, de las afirmaciones, en un espacio en que ninguna duda era posible y, por consiguiente, se debía continuar el camino que estas certezas marcaban. Me parece que es un fenómeno que suele ocurrirles a todas las escrituras cuando abandonan su carácter individual y pasan a formar parte de una suerte de entidad, de institución formada por varios autores. Un momento en que surgen una serie de elementos capaces de formar un canon, algo bastante peligroso, pues por lo general las escrituras de los autores comienzan a parecerse unas a otras, llegando a hacer de la literatura un lugar estancado en su propia representación. Creo que en una época semejante fue cuando comencé a escribir.

¿Todo lo que escribe es publicable? Es decir, al ser tan prolífico, ¿qué le interesa al momento de iniciar un libro? ¿Cómo decide que ese libro se tiene que publicar?
Casi nunca, cuando escribo, pienso en el otro como un ser real. El lector, el editor, el sistema por el cual las escrituras circulan en los tiempos actuales, para mí son abstracciones antes que realidades. Por supuesto que tienen una importancia muy grande, pues la abstracción creada debe formar parte de un sistema capaz, en mi caso, de hacer posible que la escritura genere nueva escritura. Desde una perspectiva semejante hago que todo lo que escriba sea de alguna manera publicable. Pero no tomo esa decisión en virtud de la calidad que me parece contenga un texto, sino en la necesidad que pueda tener como autor de deshacerme de un texto para darle el lugar central de la escritura a otro.

¿Revisa su obra cuando van a ser reeditada o no es algo que le interese volver a sus trabajos anteriores?
En principio no me interesa volver al pasado. Quizá por eso sea muy malo al momento de manejar mis archivos. Sin embargo, al mismo tiempo ocurre, como consecuencia de la situación que describí anteriormente, que los textos nunca se acaban de escribir, ni siquiera cuando son publicados, pues semejante acción -la de publicarlos- se debió sólo al hecho de no interrumpir la maquinaria de escritura, por llamarlo de algún modo. Es por eso, que al tratarse de escrituras imperfectas, cuando se da la oportunidad de una nueva edición me siento con la obligación de “perfeccionar" el texto. Cosa que casi nunca ocurre, pues siempre se me hace evidente que una imperfección lleva a otra muchas veces peor.

Muchos califican a Flores, junto a Salón de belleza como una de sus mejores novelas ¿Cómo la ve usted a Flores 15 años después?
Siento que es difícil para mí como autor clasificar los textos en mejores o peores. Para mí se trata de textos que permitieron o no la fluidez de la escritura. En los ejemplos que pone eso ocurrió. Y me da satisfacción que algo así haya ocurrido. Pero deteniéndome sobre esta idea pienso que todos los textos publicados lograron, en mayor o menor medida, ese logro: el de permitir que la escritura no se detuviera en un lugar estanco. El caso de Flores es particular, pues considero que es un libro “armado" antes que “escrito", pues fue realizado durante un retiro a una residencia de escritores, Ledig House, donde llevé conmigo cierta cantidad de fragmentos de textos escritos durante los últimos diez años. Mi labor durante el tiempo que duró mi permanencia en aquel lugar fue la de crear antes que escribir un libro con el potencial de ser publicado. Es por eso, aunque las cosas están planteadas para que el lector no lo advierta, que entre una línea y otra existe mucho tiempo de distancia. Es decir, lo que muchas veces aparece conformando un cuerpo hasta cierto punto coherente está conformado por frases que fueron creadas cada una con una finalidad que desconocía, había olvidado, mientras iba construyendo Flores.

¿Le interesa lo que la crítica diga sobre su obra? ¿Qué tan importante es esta crítica para la literatura?
No se dónde se encuentra realmente situada la tan mencionada crítica. En Latinoamérica yo encuentro, por lo general, un periodista que se encarga de la sección cultural de algún medio o alguien perteneciente al universo académico. Es muy raro hallar a alguien que se entregue a la labor de crítico con la contundencia con la que muchos asumen su trabajo de creación literaria. Desde la fecha de publicación de mi primer libro he visto a muchos opinar, para bien o para mal, sobre mis libros.

Pero actualmente la mayoría ha desaparecido. Han dedicado sus vidas a otros quehaceres, algo que muy rara vez se encuentra en un verdadero escritor.

Su proyecto Los cien mil libros de Mario Bellatín hace replantear la importancia de las editoriales ¿Cuál cree que es la labor que desempeñan estas empresas en la actualidad? ¿Le interesa el hecho de que su obra llegue a la mayor cantidad de gente posible?
Todo lo que ocurra con mi escritura me interesa solo en la medida que sea capaz de generar nueva escritura. Escribo con la única intención de escribir, podría ser un resumen burdo de lo que intento hacer durante el tiempo que cuente con vida. El espacio editorial me interesa en la medida que es un engranaje necesario para cumplir ese cometido. En mi opinión se trata de un lugar que se resiste a cambiar, que no cumple con la premisa que imagino tuvo al momento de instaurarse de la manera como lo conocemos: como un facilitador del mundo de las ideas y no simplemente como un privatizador de las mismas. Mi proyecto me parece que no va en contra del mundo editorial tal como lo conocemos. Del mismo modo que mi escritura nunca fue generada en contra o a favor de otras escrituras. Sencillamente, en el caso de Los cien mil libros de Bellatin yo deseo experimentar con la idea de llevar en mi persona mi propia obra. Es decir, portar conmigo mis propios libros para decidir qué hacer con ellos de acuerdo a las circunstancias que aparezcan en determinado momento.

Muchos ven sus novelas conectadas entre sí, es decir, más que libros individuales, son capítulos de una gran novela, que continuará escribiéndose ¿Usted lo ve así? ¿Le interesa el concepto de la gran novela latinoamericana, por ejemplo?
Me parece que su pregunta confunde dos ideas. Creo que desear tener una suerte de escritura propia -hecho totalmente utópico pues ya en sí mismo esta idea es de un relativismo tan extremo que es incapaz de que ocurra algo semejante- no tiene que ver con la idea de la gran novela latinoamericana, idea que incluso repudio por proselitista y falsa. Yo sólo creo en personas que escriben, es más, muchas veces ni siquiera creo en ellas sino en ciertas obras que produjeron en determinados momentos de sus vidas. De un tiempo a esta parte he dejado de referirme a autores para denominar únicamente libros que en algún momento hayan producido algún efecto en mi persona.

Su literatura es comparada muchas veces con la de Kafka, la de Borges, también tiene interés por la literatura japonesa, rindiendo homenaje a Kawabata y Mishima en algunas de sus novelas, ¿Le gustan esas comparaciones? ¿Qué autores actuales le interesan de la literatura latinoamericana?
No, no me gustan las comparaciones. Principalmente porque son falsas. Por ejemplo, al mencionar usted esas literaturas a quien supuestamente yo rindo homenaje. Mentira. Esos escritores japoneses me interesan como pueden parecerme importantes muchos otros más. Lo que hago con las distintas tradiciones literarias son construcciones cuyo único fin es seguir manteniendo vivo un no tiempo y un no espacio presentes para el lector desde el primero de mis libros. Un no tiempo y un no espacio que mantienen intacto el tiempo y el espacio propios de lo verosímil, que son las categorías donde a mi entender es por donde debe desplazarse cualquier escritura.

¿Le interesa la literatura como un medio para reflejar la coyuntura de un país, como instrumento de cambio político/social? Es decir, a partir de los hechos de Ayotzinapa se escucharon voces en México de autores reclamando a otros compromiso con este tema, para que reflejen/denuncien estos sucesos. En ese sentido, ¿cuál cree que es la responsabilidad de los escritores con la sociedad?

Toda. Una responsabilidad plena. Pero no una forzada, sino la producida por un autor indignado que hará con su trabajo lo que crea debe hacer. Lo que es lamentable es que exista una imposición proveniente de afuera que trate de informarle la manera en que supuestamente deben hacerse las cosas. Que intenten obligar al autor lo que ellos quisieran ver. Y es sencillo concluir que si un escritor hace lo que el otro cree que debe producir su obra está condenada al fracaso. Me parece que como escritor es casi imposible escapar al entorno donde vive. Es falsa aquella distinción maniquea entre autores comprometidos o no. Lo que muchas veces sucede es que hay ocasiones en que se ignora que la literatura -y precisamente por su carácter individual- cuenta con una serie de mecanismos sutiles para hacer de esa relación con la sociedad algo contundente y no un mero panfleto, que además tiene todas las de perder frente a otros medios, que muchas veces son más inmediatos y eficaces para lanzar un grito frente a determinado hecho social.,

Bellatin