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El domingo 3 de febrero, las elecciones presidenciales salvadoreñas arrojaron un resultado novedoso: el joven empresario Nayib Bukele se impuso por amplio margen como nuevo mandatario, derrotando a los dos partidos ya tradicionales que se turnaron en el poder durante 30 años, desde el fin de la guerra civil en 1989.

El ‘tsunami Bukele’, como lo apodaron los medios de comunicación, venció tanto al izquierdista FMLN como a la derechista Arena, partidos surgidos precisamente de aquel conflicto armado. Esto fue posible gracias a que el candidato logró encarnar las aspiraciones de transformación de las nuevas generaciones, sobre todo de los ‘millennials’, que conformaron buena parte de su base electoral.

Al mismo tiempo, Bukele centró su mensaje en la lucha contra la corrupción, bajo la consigna “que devuelvan lo robado”, en referencia a los fondos multimillonarios desviados en irregularidades cometidas por las administraciones de los dos partidos tradicionales.

Es inevitable hacer comparaciones con la realidad boliviana, donde las campañas electorales de dos opciones del pasado, el populismo obsoleto de Evo Morales y el retorno al viejo centralismo tradicional de Carlos Mesa, se han estancado.

No creo que Bolivia esté condenada a elegir entre dos males y ese concepto parece ser compartido por casi un 40% de la población, que no opta por ninguno de los mencionados.

El país se merece un recambio generacional, donde los jóvenes puedan hacer su aporte a la recuperación de la democracia plena y a la modernización del aparato económico. Y si la lucha contra la corrupción será una clave para el verdadero cambio, habrá que tener muy en cuenta la trayectoria de Óscar Ortiz y su persistencia en la fiscalización y por la transparencia pública.

También aquí habrá que procurar que los gobiernos de los últimos 15 años “devuelvan lo robado” para dedicar los fondos recuperados a políticas sociales como la salud. Nos merecemos elegir lo mejor, no resignarnos entre dos males.