Opinión

Belicosidad, enfermedad sin cura

El Deber Hace 12/24/2017 10:00:00 AM

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Cuando de aquí a varias décadas se analice el Gobierno de Morales Ayma, sin duda habrá dos rasgos negativos y poderosos sobresaliendo entre muchos, incluso sobre algunos que pudieran ser considerados positivos. Uno de ellos será el del despilfarro de los millonarios ingresos que le cupo administrar, marcado por la corrupción; y el otro, sin lugar a dudas, el de la peligrosa belicosidad con la que la cúpula gubernamental actuó a lo largo de toda su gestión. Ya hoy es posible abundar en detalles sobre cada uno de esos dos rasgos, uno más dañino que el otro, y ambos alimentando a su vez una suma que resta y divide, cuando no multiplica males en vez de panes y vino. 

Trato de imaginar qué lecturas se harán sobre este largo periodo. Qué conclusiones habrá sobre las razones que llevaron a Morales a apostar por la confrontación, antes que por la conciliación, y también por un modelo de gestión desalentador de buenas prácticas en y de lo público. Hasta entonces, quién sabe, habrá sido posible medir el impacto de ambas apuestas en el estancamiento o el retroceso de Bolivia. Por ahora, ese es un balance que está pendiente. Es difícil hacerlo entre tanto caos, en medio de tanta desinformación y de tantas tensiones. Mal sale Bolivia de un conflicto, cuando estalla de inmediato otro. Nada de esto es casual, ya lo sabemos. El conflicto es oxígeno para el Gobierno. Muere sin él.

Por eso no es extraño el conflicto que protagonizan hoy los médicos en particular, y todo el sector salud, en general. Un conflicto que lleva ya un mes y que, lejos de prever una solución a corto plazo, tiende a radicalizarse y a crecer en número de manifestantes y de manifestaciones, así como en sectores involucrados. Está claro que el Gobierno no tiene interés en resolverlo. Todo lo contrario: le interesa más bien prolongarlo y multiplicarlo. Por eso aceleró e impuso cambios en el nuevo Código del Sistema Penal, atizando a los médicos hasta llevarlos a medidas cada vez más radicales. Mientras más confrontación hay, más réditos quiere acumular. Por eso, también, reprime con violencia. Y provoca.

Se equivocan quienes creen que todo esto obedece a un interés sano, que dice velar por el derecho de los pacientes. Si así fuera, el Gobierno ya habría implementado políticas claras y efectivas para mejorar el sistema público de salud. No lo hecho, ni siquiera en algo tan elemental como es la asignación presupuestaria acorde con las necesidades reales de la población y de los profesionales en salud. El presupuesto en salud es irrisorio, tanto, que no hay mejoras importantes en los servicios públicos, ni en los indicadores que miden la salud y el bienestar de la población. Por lo tanto, queda claro que hay otros intereses tras la rígida posición del Gobierno respecto a las demandas de los médicos.

Esos intereses tienen que ver con su apuesta a una belicosidad cada vez más peligrosa. El Gobierno necesita de ella para mantener a la población ocupada en defenderse, mientras su cúpula avanza en otros terrenos que le aseguren perpetuarse en el poder. Esta es la única y verdadera razón de ser y de actuar del Gobierno central. Su cúpula sabe que para lograr su propósito necesita cortar cuanta cabeza asome por encima de sus pretensiones cada vez más visibles. Sabe que necesita de una sociedad adormecida, confundida o, mejor aún, paralizada por el miedo. Por eso su belicosidad no llega sola, sino cargada de una serie de tácticas para escarmentar a quienes osen mirarle de frente o frenarlo.

En este afán no hay descanso. No hay sosiego. No hay tregua posible. Poco importa si es Navidad o es tiempo de amor. Por el contrario, estos tiempos de desarme espiritual le son más bien propicios para acelerar su paso, para acercarse cada vez más a la meta de poder total. Es lo que está haciendo sin miramiento alguno. La gran pregunta ahora es si logrará, como lo ha hecho hasta hoy, consolidar sus metas. Un propósito cuya consecución ya no depende solo de su fuerza bruta, de su peligrosa belicosidad, sino de la inteligencia social de una mayoría de bolivianos que parece estar dispuesta a ponerle freno. Es lo que tratan de hacer los médicos desde hace un mes, ahora apoyados por todos los trabajadores del sector salud, por algunos otros gremios de profesionales y por un número cada vez mayor de ciudadanos que parecen estar dispuestos a acabar con esta peste: la de la belicosidad.