Opinión

El mechero de don Andrés

Roberto Navia Hace 12/31/2018 8:00:00 AM

El mechero lo vio todo. Lo vio hasta que llegó la hora de jubilarse cuando el primer motor generador de energía eléctrica llegó

al pueblo...”

Fue Álex Ayala el que escribió un libro muy bonito que titula La vida de las cosas. En el resumen de la obra dice: “El homo sapiens es el único animal obsesionado con los objetos”. Algunos acumulan zapatillas fosforescentes, otros llenan su casa con ositos de peluche y otros van por el mundo cargando las tacitas que dejó la abuela. Acumular objetos es pasatiempo, terapia contra el estrés, una manera divertida de ser contemporáneo. Pero los objetos son mucho más que objetos. Te acompañan cuando estás solo. Conservan recuerdos de los que extrañas. Son los instrumentos que todos usamos para ganarnos el sueldo. El cronista Álex Ayala Ugarte se interna en el maravilloso mundo de los objetos motivado por una inquietud propia de una aventura fantástica.

El otro día recordé el libro de Álex. Lo hice cuando tuve en mis manos un mechero que iluminaba la vida cuando los villancicos sonaban en la radio con la energía de las últimas pilas que luchaban para llegar con vida a fin de mes. Ahí recordé también que los objetos, como en la lámpara de Aladino, guardan a un genio cargado de historias y que es necesario que llegue alguien para frotar los recuerdos y hacer que fluyan los relatos de un mundo que hace falta saber.

Así supe que ese mechero vio crecer al niño Andrés en la bravura de la arena caliente del Chaco Boreal. Más de medio siglo después don Andrés, ya un hombre grande y sabio, lo sacó del lugar especial donde guarda las cosas con importancia, lo limpió con esmero y ¡zas!, hizo el milagro. Como en otros tiempos, como en otras Navidades, el mechero volvió a alumbrar. De su mecha brillaba una luz roja que pestañeaba estrellas amarillas y una bruma ondulada despuntaba hacia el infinito.

Don Andrés recordaba como si fuera ayer. Recordaba que el mechero fue fabricado de una pieza de alguna maquinaria que quedó en desuso del viejo YPFB, que llegó a la vida de su familia cuando su papá aún estaba vivo y que después del maldito infarto los 10 hermanos lo utilizaban para alumbrar las habitaciones de la casa materna para burlar las noches cortas, porque los días empezaban temprano ya que, entre todos, tenían que hacer el pan que vendían en el pueblo y que debía estar cocido y caliente antes de que saliera el sol.

El mechero lo vio todo. Lo vio hasta que llegó la hora de jubilarse cuando el primer motor generador de energía eléctrica llegó al pueblo para que naciera el alumbrado público y los focos ingresaran a los hogares. Don Andrés lo guardó como un objeto preciado para que la vida maravillosa de los buenos tiempos no se perdiera nunca.